Estaba en llamas cuando me acosté

Enganchadito. Dominguero. Huelga y saqueo. Subí un toque el aire.

Los saqueos son acontecimientos sumamente disruptivos, alteran las reglas y los sentidos incorporados, vienen a cuestionar la propiedad privada que todos tenemos interiorizada en el marco del capitalismo. No son un abrazo simbólico, sino una expresión de violencia colectiva que degrada el tejido social. Por ello generan sentimientos encontrados de pedir represión, orden y denominar delincuentes a los saqueadores. Desde una mirada popular no se puede reivindicar la movilización como expresión de demandas y reivindicaciones y al mismo tiempo elaborar teorías conspirativas sobre los saqueos según nos convenga o leamos la correlación de fuerzas de ese momento. Lejos de una posición celebratoria, hay que discutir esos fenómenos libres de prejuicios y de visiones estigmatizadoras que poco ayudan a la comprensión, e incluso a la prevención, de tremendos acontecimientos en la dinámica política.

Córdoba es entre otras cosas un cruce explosivo de lógicas de exclusión que dejaron en la desigualdad abisal, “gritante” y congelada, un “pueblo” entero. No reivindico el saqueo, no lo miro románticamente. Tampoco creo que sea sólo espontáneo, pero entiendo el carácter masivo del horror que emerge para todos lados cuando uno de los principales reaseguros de ese orden era la presencia constante, masiva, pedagógica, correctiva de una policía que desapareció de la ciudad. La córdoba dividida y desigualada a la fuerzan ha mostrado por un segundo la arquitectura y el dolor generalmente enmudecidos de su constitución social.

Un síndrome más vasto pareciera subsumir estos fenómenos. Tal vez los saqueos, el narcotráfico, la marginalidad, el racismo, las mafias, los delitos contra las personas y la propiedad, las barras bravas, la corrupción, la decadencia institucional puedan considerarse expresiones de una anomalía mayor, que envuelve a la sociedad argentina como a tantas otras en el mundo: el embrutecimiento social. Este fenómeno no tiene una ubicación precisa en la teoría sociológica, más bien condensa lo que el sentido común experimenta ante la degradación de los vínculos humanos. Según el diccionario, “embrutecer” es privar de la razón, no tener medida, promover la violencia, la falta de civilidad y respeto.

Sería arriesgado (y creo, equivocado) aventurar que quienes participaron de los “saqueos” a los supermercados intentaron alterar el balance del poder en la ciudad de Córdoba. Sin embargo, la manera en que distintos actores hablan de la violencia colectiva -invocando necesidad, llamando al orden, expresando temor- reconoce paralelos con otros lugares y otros tiempos. La violencia colectiva rara vez es espontánea, suele ser relacional (esto es, nadie la ejerce de manera aislada, sino en conjunto con otros en los que confía, usualmente por pertenencia barrial, identidad generacional o alguna otra característica en común) y responde no a demandas insatisfechas, sino a oportunidades para la acción. La oportunidad hace al saqueador.

 En suma, ya no es necesario apoyarse en la hipótesis endógena (la catástrofe, la situación de gran crisis, como en 1989 o 2001), pues la base de los saqueos es un escenario agravado por las desigualdades socio-espaciales y crecientemente marcado por la problemática de la inseguridad urbana. Quizá lo novedoso de estos saqueos es que las fuerzas de seguridad, como agentes promotores, ahora son conscientes de su capacidad de presión (el poder político habla de “extorsión”); más aún, conscientes de que en su calidad de carceleros pueden activar de disparador, liberar de vigilancia al muro (invisibles o explícitos) y abrir así la caja de Pandora. 

Nuestro mundo simbólico actual disuelve completamente la idea de que haya un sector social fuera de todo orden, caído de toda relación, separado de cualquier forma de conciencia. Sólo puede estar abandonado aquello que tenemos dentro del orden social. Son los criminales que nos hemos dado. Las gorritas arriba de motos a 5000 pesos en cuotas, motos del modelo nacional y popular, saben lo que expresan: arrebatan violentamente aquello a lo que jamás van a llegar –no solo el aceite y el arroz– que es lo mismo que aquello que constantemente deseamos todos. La economía política macro no es práctica política micro de las zonas de abandono: comen todos los días, van a la escuela y sus padres cobran la asignación. ¿Alcanza eso para tabicar la frustración diaria de sus deseos de negros de alma? No. Justamente. Ahora las cosas son transparentes: es para regular esa frustración que existe la policía. Mirá cheto puto, mirá como me hice alta llanta. Mirala, puto, por Facebook.

…ninguna comunidad política puede existir sin espacios comunes; ninguna comunidad puede ser sólo la agregación de grupos diversos que viven sin encontrarse. La nueva ciudad, la nueva escuela, la nueva salud: instituciones cuya existencia se predica en el valor social de la identidad con uno mismo: lo igual a mí me tranquiliza; lo distinto a mí me causa pánico. El peligro es que, de ser así, el otro pasa a ser sólo un imagen fantasmática, sin existencia real, alguien que es siempre y sólo amenazante. O, peor, aún, el único encuentro entre las clases se da en ocasión de la violencia: o el delito,o la represión. Así, se fortalecen los fantasmas: todos los pobres vienen a robarnos, el Estado sólo existe para reprimirnos.

Los 30 años de la restauración democrática se conmemoran con la intervención en la escena pública de las corporaciones policiales de diversas provincias, instituciones muy poco pensadas por las clases políticas provinciales y nacionales. Ellas, habían quedado al margen de la historia democrática, las dejaron lamer sus heridas, reconstruyeron una mística corporativa aliada a la represión cotidiana a pobres y jóvenes y el día que pudieron blandieron –con cierta justeza y con las palabras de la época– el reclamo de aumento salariales y mejores condiciones laborales.

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