Archivos Mensuales: diciembre 2013

Hijos

Y dijo Calamaro: abrimos la puerta, como un poeta fértil, dándose a conocer.

Nos dimos a conocer. Panamá llegó para quedarse e irse cuando sea necesario. Casa de

durlock.

Se va el 2013, que se vaya a la concha de su madre.

Buen año a los que nos leyeron.

Buen año a los que nos dieron RT sin nada a cambio.

Buen año a los que nos putearon arrobando.

Buen año a los que nos ignoraron.

Buen año a los que leen en silencio.

Buen año para los cracks de los símbolos.

Pajaritos y pajarracos.

¿Cómo queremos que sean nuestros hijos?

Dennos un año más para responder tamaña pregunta.

Apuntes sobre “Los años setenta de la gente común”

Rivas

Por Martín Rodríguez

Sebastián Carassai es autor de un libro cuyo título dice todo: “Los años setenta de la gente común” (Siglo XXI, 2013). Sin embargo en todo el libro no vuelve a nombrar literalmente a la “gente común”. En un principio, se trata de entrevista a personas que organizan también la investigación en puntos cardinales (Santa Fe, Tucumán, Buenos Aires) para que el texto tenga amplitud territorial. Sinteticemos su título más a gusto: es un libro sobre la clase media no politizada durante los años 70; donde da por hecho, sin emitir juicios apresurados, algunos rasgos de esa relación entre clase media y política: la militancia era una minoría, la mayoría de esa clase no era militante y seguía siendo, en esencia, anti peronista.

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Estaba en llamas cuando me acosté

Enganchadito. Dominguero. Huelga y saqueo. Subí un toque el aire.

Los saqueos son acontecimientos sumamente disruptivos, alteran las reglas y los sentidos incorporados, vienen a cuestionar la propiedad privada que todos tenemos interiorizada en el marco del capitalismo. No son un abrazo simbólico, sino una expresión de violencia colectiva que degrada el tejido social. Por ello generan sentimientos encontrados de pedir represión, orden y denominar delincuentes a los saqueadores. Desde una mirada popular no se puede reivindicar la movilización como expresión de demandas y reivindicaciones y al mismo tiempo elaborar teorías conspirativas sobre los saqueos según nos convenga o leamos la correlación de fuerzas de ese momento. Lejos de una posición celebratoria, hay que discutir esos fenómenos libres de prejuicios y de visiones estigmatizadoras que poco ayudan a la comprensión, e incluso a la prevención, de tremendos acontecimientos en la dinámica política.

Córdoba es entre otras cosas un cruce explosivo de lógicas de exclusión que dejaron en la desigualdad abisal, “gritante” y congelada, un “pueblo” entero. No reivindico el saqueo, no lo miro románticamente. Tampoco creo que sea sólo espontáneo, pero entiendo el carácter masivo del horror que emerge para todos lados cuando uno de los principales reaseguros de ese orden era la presencia constante, masiva, pedagógica, correctiva de una policía que desapareció de la ciudad. La córdoba dividida y desigualada a la fuerzan ha mostrado por un segundo la arquitectura y el dolor generalmente enmudecidos de su constitución social.

Un síndrome más vasto pareciera subsumir estos fenómenos. Tal vez los saqueos, el narcotráfico, la marginalidad, el racismo, las mafias, los delitos contra las personas y la propiedad, las barras bravas, la corrupción, la decadencia institucional puedan considerarse expresiones de una anomalía mayor, que envuelve a la sociedad argentina como a tantas otras en el mundo: el embrutecimiento social. Este fenómeno no tiene una ubicación precisa en la teoría sociológica, más bien condensa lo que el sentido común experimenta ante la degradación de los vínculos humanos. Según el diccionario, “embrutecer” es privar de la razón, no tener medida, promover la violencia, la falta de civilidad y respeto.

Sería arriesgado (y creo, equivocado) aventurar que quienes participaron de los “saqueos” a los supermercados intentaron alterar el balance del poder en la ciudad de Córdoba. Sin embargo, la manera en que distintos actores hablan de la violencia colectiva -invocando necesidad, llamando al orden, expresando temor- reconoce paralelos con otros lugares y otros tiempos. La violencia colectiva rara vez es espontánea, suele ser relacional (esto es, nadie la ejerce de manera aislada, sino en conjunto con otros en los que confía, usualmente por pertenencia barrial, identidad generacional o alguna otra característica en común) y responde no a demandas insatisfechas, sino a oportunidades para la acción. La oportunidad hace al saqueador.

 En suma, ya no es necesario apoyarse en la hipótesis endógena (la catástrofe, la situación de gran crisis, como en 1989 o 2001), pues la base de los saqueos es un escenario agravado por las desigualdades socio-espaciales y crecientemente marcado por la problemática de la inseguridad urbana. Quizá lo novedoso de estos saqueos es que las fuerzas de seguridad, como agentes promotores, ahora son conscientes de su capacidad de presión (el poder político habla de “extorsión”); más aún, conscientes de que en su calidad de carceleros pueden activar de disparador, liberar de vigilancia al muro (invisibles o explícitos) y abrir así la caja de Pandora. 

Nuestro mundo simbólico actual disuelve completamente la idea de que haya un sector social fuera de todo orden, caído de toda relación, separado de cualquier forma de conciencia. Sólo puede estar abandonado aquello que tenemos dentro del orden social. Son los criminales que nos hemos dado. Las gorritas arriba de motos a 5000 pesos en cuotas, motos del modelo nacional y popular, saben lo que expresan: arrebatan violentamente aquello a lo que jamás van a llegar –no solo el aceite y el arroz– que es lo mismo que aquello que constantemente deseamos todos. La economía política macro no es práctica política micro de las zonas de abandono: comen todos los días, van a la escuela y sus padres cobran la asignación. ¿Alcanza eso para tabicar la frustración diaria de sus deseos de negros de alma? No. Justamente. Ahora las cosas son transparentes: es para regular esa frustración que existe la policía. Mirá cheto puto, mirá como me hice alta llanta. Mirala, puto, por Facebook.

…ninguna comunidad política puede existir sin espacios comunes; ninguna comunidad puede ser sólo la agregación de grupos diversos que viven sin encontrarse. La nueva ciudad, la nueva escuela, la nueva salud: instituciones cuya existencia se predica en el valor social de la identidad con uno mismo: lo igual a mí me tranquiliza; lo distinto a mí me causa pánico. El peligro es que, de ser así, el otro pasa a ser sólo un imagen fantasmática, sin existencia real, alguien que es siempre y sólo amenazante. O, peor, aún, el único encuentro entre las clases se da en ocasión de la violencia: o el delito,o la represión. Así, se fortalecen los fantasmas: todos los pobres vienen a robarnos, el Estado sólo existe para reprimirnos.

Los 30 años de la restauración democrática se conmemoran con la intervención en la escena pública de las corporaciones policiales de diversas provincias, instituciones muy poco pensadas por las clases políticas provinciales y nacionales. Ellas, habían quedado al margen de la historia democrática, las dejaron lamer sus heridas, reconstruyeron una mística corporativa aliada a la represión cotidiana a pobres y jóvenes y el día que pudieron blandieron –con cierta justeza y con las palabras de la época– el reclamo de aumento salariales y mejores condiciones laborales.

30 años

Martín Rodríguez y Sol Prieto, de la quinta de los que son una bosta podrida.

Navidades insatisfechas III: la rebelión azul

CAH-The-Wire

Por Esteban De Gori

I. Contingencia policial: “cuando las policías se vuelven un dato nacional”

La rebelión azul, iniciada por las diversas policías provinciales, se ha convertido junto a los saqueos en uno de los temas más relevantes de este iniciado diciembre. Las provincias han aparecido con fuerza en la escena nacional a través de los reclamos de sus policías. Algo impensable para tiempos postelectorales donde todos teníamos la mirada puesta en las acciones que emprenderían oficialistas y opositores. La contingencia policial y la victoria político-salarial obtenida por los uniformados de Córdoba se han presentado como plataforma, modelo y oportunidad para iniciar una multiplicación de reclamos. Las cámaras y los micrófonos se desplazaron de la Jefatura de Gobierno a los territorios particulares donde la “muchachada azul” blandía posturas confrontativas, bombos, cantitos de manifestación y demás. Con esas armas en la mano entregadas por el Estado, el reclamo salarial se confundía con la extorsión más tenaz, la de “dejar caer” el orden. El obrero o empleado te “deja caer” la producción o la circulación de servicios y las fuerzas de seguridad, nada más y nada menos, el ordenamiento social que la política configuró.

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Navidades insatisfechas II

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Por Andrés Kilstein

El 19 de diciembre del 2001 De la Rua decretaba el estado de sitio. Intuitivamente, sin que estuviese planeado, militantes de distintos espacios independientes (independientes de una agrupación nacional) nos encontramos en la facultad de Sociales. Había preocupación. Se habló de medidas de seguridad y se hizo un análisis del momento político. Una militante (posicionada en algún lugar entre el marxismo y el autonomismo) realizó la única reflexión que perduró en mi memoria, aunque no precisamente por su acierto. La joven justificaba los saqueos que se habían estado repitiendo desde comienzos de diciembre con el siguiente razonamiento: “¿Por cuánto tiempo los comerciantes se han apropiado de plusvalía? Alguna vez le toca a los pobres”. Sin embargo, la imagen televisiva del chino llorando sin consuelo en los restos de su supermercado devastado, de cuyo interior seguían brotando invasores impávidos con mercancías en la mano, alcanzaba para conmover al espíritu más pétreo. La sensibilidad ante el derrumbe emocional de una persona que, a la distancia, juzgaba como esforzada y laboriosa podía más que el frío cálculo revolucionario de la compañera.

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Navidades insatisfechas

Por Ana Natalucci

1. El lugar de la mirada (popular)

Aquellos que nos dedicamos al estudio de la acción colectiva, la movilización política y los movimientos sociales hemos dedicado muchas horas de discusión para acordar si podíamos considerar a los saqueos acciones colectivas. Para ahorrarnos aquel debate, diré que coincido con la perspectiva que propusiera Javier Auyero en su libro “Zona gris”, de mirar el entramado de relaciones que activan esos acontecimientos, donde se entrecruzan formas políticas, de violencia colectiva y situaciones locales, más que la intencionalidad de algunos actores en particular. Esta perspectiva se aleja de las miradas conspirativas que suelen ensayar actores políticos a esos sucesos y que provocan una criminalización de los saqueadores, profundizando su estigmatización.

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¿Quién quiere ser millonario?

| Por Alejandro Sehtman

Y el otro, Va­ca, Va­ca Nar­va­ja, que apa­re­ce en la go­me­ría… No es­tá bien. O re­nun­cian a la po­lí­ti­ca y se exi­lian en Tur­quía o de­mues­tran que en es­ta so­cie­dad no­so­tros so­mos ca­pa­ces de ser exi­to­sos. Yo soy ca­paz de ge­ne­rar me­dios, de dar tra­ba­jo a otros, de te­ner ideas crea­ti­vas. ¿Por qué re­pu­diar el éxi­to? No nos de­di­ca­mos a ha­cer la re­vo­lu­ción por­que éra­mos in­com­pe­ten­tes, que si no ha­cía­mos eso íba­mos a ser ase­so­res o go­me­ros en Vi­lla Lu­gano. ¿Por qué Per­día siem­pre vi­ve de la te­ta del Pre­su­pues­to Na­cio­nal? ¿Por qué siem­pre es­tá de ase­sor de un mi­nis­tro, de un dipu­tado? ¿Por qué no la­bu­ra de abo­ga­do en se­rio? Yo me sien­to hu­mi­lla­do por esa ac­ti­tud. Me gusta­ría que es­tu­vie­ra al fren­te de una em­pre­sa, pi­dien­do cré­di­tos en un ban­co, ar­man­do qui­lom­bo, dis­cu­tien­do con los obre­ros un contrato, me gus­ta­ría ver­lo en la fun­ción… Pa­ra ser con­se­cuen­te con la lu­cha de la épo­ca, hay que ser exi­to­so en nues­tra so­cie­dad. Lo que me pa­re­ce in­no­ble es que no sean ca­pa­ces de ha­cer al­go más im­por­tan­te que lo que ha­cen, que nos de­jen bien pa­ra­dos co­mo generación… El go­me­ro Va­ca Nar­va­ja pa­só de la me­tra­lle­ta al cri­que…

Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA.

Preferiría que los Kirchner no fueran millonarios. Lo dijo Ricardo Forster en noviembre de 2009. Unos días después de que el millonario Kirchner perdiera las elecciones legislativas de la provincia de Buenos Aires. Contra otro millonario. Unos meses después, el mismo Kirchner que Forster preferiría que no fuese millonario le daba explicaciones al entonces suspicaz Víctor Hugo Morales sobre una operación de compra de dos millones de dólares utilizados para adquirir un hotel en El Calafate. (y esa charla privada fue, a su modo, igual a otra ocurrida algo más de diez años antes).

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