Archivos Mensuales: agosto 2014

LOS TATUAJES

torquinst 

Por  Silvina Giaganti :: @sgigantic

Camino tomando whisky porque me deslizo suavemente por la existencia como en una cinta transportadora. Porque me paro frente a un estacionamiento vacío y me lo quedo mirando hasta limpiarme los ojos. Porque me ayuda a ser testigo de como la melancolía es ese exacto punto donde todavía no oscureció del todo y las luces de la ciudad ya se encendieron. Porque las cosas tienen más color, como si una lluvia las hubiera lavado. Camino tomando whisky mirando las baldosas que respiran la urgencia del frio. Porque proceso los derrumbes con un airbag mental. Porque cuento los tatuajes hechos para adentro y evoco el recorrido de la máquina que los hizo, siento el surco tibio como una loción aceitosa esparcida en el cuerpo.

Los que estamos marcados por dentro nos cuesta elegir que signos poner en la piel. Porque tatuarse es como hacerse una vitrina de recuerdos selectivos, es elegir qué cosas del museo privado que somos no tienen que morir, al menos no antes de nosotros. Es decidir que archivos vitales volver inmortales.

Quise hacerme tres tatuajes a lo largo de mi vida. Los nombres de mis dos gatas ya muertas, Vito y Bembé, a las que enterré envueltas con mis remeras y mi olor en ellas después de cavar un pozo con una pala con mango de madera en la vereda con tierra de la casa de mis padres, y el de Poxi, mi perra, un cuzco mestizo de pelo negro brillante que tiene 10 años. Un nombre al lado del otro en orden cronológico, con letra de imprenta sobre la carne del bíceps del brazo izquierdo. Sigue leyendo

EN EL PAÍS DEL ESPEJO

CRISTNA_MACRI

Por Pablo Touzon :: @PabloTouzon

Como ya se dijo, para que el cristinismo continúe existiendo (política, no culturalmente) después de 2015, es vital que la Batalla Cultural “no decaiga”. Ante el final, agotada la gestión como vector de acumulación (central en el primer kirchnerismo), con sus alianzas sociales y políticas reemplazadas por la vanguardia no iluminada, al oficialismo sólo le queda la construcción de una némesis que justifique la prolongación de su existencia.

Si se lo analiza desde esta perspectiva, no es tan paradójico que el corolario de la Revolución sea colocarle la banda presidencial a Mauricio Macri. La empatía existente entre las militancias macristas y cristinistas “puras”, autoproclamadas portadoras de un “dogma” ideológico, se entiende en la recuperación arqueológica del “cuanto peor mejor”, de la lucha entre “auténticos, y no fotocopias”. El pueblo, sujeto inerte de esta experimentación política, entendería finalmente, ante un neoliberal en serio, y con la pérdida de todas las conquistas, lo injusto que fue con la tercera gestión del kirchnerismo. Y volvería, arrepentido, a pedir el retorno de su conductora. Sigue leyendo

EL DESARROLLISMO TEOLÓGICO DE DANIEL SCIOLI

scioli

 

Por Sergio Friedemann :: @serfri

 

Hace pocos días, en un acto de campaña en la Ciudad de Buenos Aires, Scioli dijo que Dios lo preparó para ser presidente y que le mandó una señal. En consonancia, afirmó que está trabajando para el cargo de jefe de estado desde que nació. Esta idea del llamado del más allá, me recordó un texto del filósofo alemán Max Weber: La política como vocación. La sorpresa fue que al googlear el nombre del texto, la cuarta entrada ofrecida por el buscador era un trabajo publicado con membrete oficial en la página web del gobierno de la provincia de Buenos Aires, escrito por una asesora de la Jefatura de Gabinete del Gobierno de la Provincia. Sigue leyendo

MATAR AL ABUELITO

griesa

Por Paz Bank :: @esta

I.

En shorts, zapatillas prestadas y mi mujer en chancleta hicimos la fila y aguardamos menos de lo esperado. El riesgo era que la sala se llene, tener que pasar a un espacio contiguo y ver la audiencia por TV. Para eso, me quedo en casa. Los shorts no resultaron un obstáculo. Tampoco las chancletas de mi mujer. Aunque desentonábamos con el continuum de vestidos, trajes y corbatas no nos impidieron el paso.

II.

Logramos pasar el detector de metales aunque tuvimos que dejar los celulares. Mejor así. Nuestros celulares dan pena aunque no tanta como el short, las chancletas y las zapatillas prestadas. Subimos al ascensor. Piso 26. La fila es larga pero no tanto. La puerta entreabierta permite ver que hay espacio disponible. Los shorts siguen siendo una amenaza a la posibilidad de ingresar. No hubo tiempo para reemplazarlos por pantalones largos. El starbucks cercano sólo tenía un baño unisex y al menos seis mujeres estaban antes que yo en la fila. Intenté colarme pero resultó demasiado evidente y vergonzante. No había tiempo para el cambio de vestuario. Habíamos cruzado a pie, de norte a sur, casi toda la isla a un ritmo vertiginoso. Cruzamos demasiados semáforos en rojo. Sigue leyendo

EL PASADO

el pasado

Por Emmanuel Taub :: @EmmanuelTaub 

Crecí en Bariloche. Desde ahí todo es una sumatoria de recuerdos que se me vienen a la cabeza desordenadamente. Mis viejos, mis hermanos, mis primos, mis amigos. Las tardes andando en bicicleta por el cerro Otto. La historia del viejo Otto subiendo la heladera en la espalda. Lo recuerdo con barba blanca, quizá de alguna foto, tenía un aire a Buber. Me recuerdo en la bicicleta siempre cuidando de no caerme, nunca bajando muy fuerte por los senderos. Respetuoso ante el terror de lastimarme estúpidamente. Recuerdo los nervios que tenía en ese baile en lo de Martín Cruz porque sabía que iba a dar mi primer beso cuando llegasen los lentos. Mi primer beso lleno de saliva. Salir afuera y escupir. Me acuerdo también como nos matábamos de risa con mis amigos y amigas. Me acuerdo de María Paula meándose encima de risa. Las tarde en casa de Gabriel, en el hotel transformado en casa, entrando y saliendo de cuartos vacíos que parecían laberintos abandonados para tres chicos que no paraban de moverse. Subiendo al techo y bajando de esos cinco pisos por el caño de desagüe. Me acuerdo de jugar a los pistoleros hasta el cansancio con mis hermanos. Y subirnos al techo del quincho del parque de abajo que salía al Nahuel Huapi, y saltar desde ahí a una planta que usábamos como colchoneta. La inconciencia de no pensar ni siquiera en la muerte. Pero recuerdo cuando se murió mi abuelo, de golpe, y que no me dejaron viajar a Buenos Aires al entierro. Mi mamá tampoco estaba cuando se murió. Viajó después. Me acuerdo de ella hablando por teléfono en su mesita de luz y tratando de explicarme después que el abuelo se había muerto. Me acuerdo de su cara, pero más me acuerdo del cuarto y la cortina blanca que dejaba pasar una luz gris. Ese recuerdo es gris, como la muerte. Después me enteré que se murió de cáncer de pulmón. No sabía lo que era el cáncer. A mis otros abuelos les dibujé el nombre del kiosco que pusieron cuando vinieron a Bariloche a vivir cerca de nosotros, y ellos lo pintaron en el frente. Fue mi primera obra fuera de mis cuadernos. Me acuerdo que me dio mucho orgullo y que quería dibujar. Recuerdo la primera vez que escuché Divididos y Soda Estéreo, La era de la boludez y Canción animal, también en la casa de Martín y Carlitos Cruz, que nos llevaba un año. Hoy es Cura. Mi viejo trabajaba en el Hotel Roma, era el dueño junto a su padre y sus hermanos. Estaba ahí mucho tiempo. Le tenía una especie de miedo, me costaba todo frente a él; pero la cantidad de amor que sentía cuando me miraba me volteaba el alma. Mi vieja, psicopedagoga, tenía el consultorio en el estacionamiento de la casa, en el km. 1200 de Bustillo. Trabajaba con chicos más chicos que yo y con adolescentes. Tenía una paciente Down que iba a mi escuela (me gustaría acordarme su nombre). Me enseñó lo frágil que somos. Y lo mierda que somos. La adoraba, y trataba de cuidarla. La recuerdo con su delantal azul, con sus pecas, con unas hebillitas que le sacaban el pelo de la cara. A veces cuando mi mamá no podía buscarnos volvíamos a casa con Amalia, la directora, en un Renault de esos que tenían la palanca de cambios desde el tablero, al lado del volante. Era verde agua. Recuerdo pasar por la plaza y mirar a los perros. Y querer jugar al fútbol. Me acuerdo que me gustaba comer manzanas. Sólo manzanas. Todo el tiempo manzanas. Sin parar. No me gustaba el chocolate, ni mucho las cosas dulces. En mi casa se comía lo que se cocinaba. También me acuerdo que en invierno mi vieja nos traía una tasa de leche con miel antes de dormir. Yo estaba en la cama cucheta de arriba, mi hermano abajo, en la cama de al lado mi otro hermano. No recuerdo si mi hermana había nacido aún o estaba en el cuarto del bebé. La leche con miel de noche antes de dormir era amor. Amor puro. Esquiaba. Todos los inviernos esquiaba: en la escuelita, con mi grupo de esquí, solo, con mi hermano. La nieve es el paraíso; como la montaña. Recuerdo estar en primer año del secundario en la Dante Alighieri y jugar al fútbol con los chicos de quinto. Recuerdo que me decían el ruso y no entendía por qué. Recuerdo que me trataban con desprecio. Recuerdo que siempre tuve la sensación de que eran unos nazis de mierda, cuando aprendí lo que era un nazi. Recuerdo que quería que se mueran por soretes. Me acuerdo de cuando apareció públicamente Priebke. Ahí se resignificó el libro sobre la Shoá que tenían mis viejos en la biblioteca y que de tanto en tanto agarraba y miraba con tristeza y fascinación. Recuerdo que mi judaísmo eran el día en la semana en el que íbamos al schule de Bariloche a estudiar hebreo y los sábados a hacer algunas actividades con los otros pocos chicos judíos de la ciudad. Recuerdo que en el fondo del schule había árboles y que el piso tenía piedritas. Jugábamos al fútbol. Aprendíamos tradición. Recuerdo que mis viejos siempre me dijeron que lo importante era amar a la persona con la que uno quería estar, a respetarla, y no preguntarle por su religión. Jugaba con todos. La gente, era gente. Mis amigos, eran mis amigos. El problema de elegir era un problema de Buenos Aires, no nuestro en el sur. Recuerdo que estaba siempre inquieto, que iba de un lado para el otro. No recuerdo ningún momento de quietud. No recuerdo estar sentado. No recuerdo estar callado. No recuerdo dejar de hace cosas. Dibujaba como loco. Me acuerdo de la primera novela que leí: Tónico y el secreto de Estado. Editorial el Barco de Vapor, naranja. Tenía nueve años. Quizá había leído otras cosas antes, pero esa novela me quedó en la memoria como la primera novela que era mía. Mis viejos me la regalaron a mí, no la saqué de la biblioteca ni de ningún otro lugar. Recuerdo que después leí Mi planta de naranja lima y lloré. Recuerdo los cuentos de Socorro, Ami el niño de las estrellas, y todos los libro de la colección de elige tu propia aventura que leía sin parar. Tenía una biblioteca chica al lado de la cama en el piso de arriba de nuestra casa. Mi cuarto terminaba en un ventanal contra el lago. Recuerdo las noches de tormenta y de nevadas con la luz apagada mirando cómo todo se movía. Recuerdo la nieve cayendo de noche iluminada por la luz de la luna. Es una de las cosas más hermosas que alguna vez pude ver. Me gustaba estar encerrado en el cuarto. Me gustaba pasar horas jugando con mi hermano en el cuarto de al lado a los muñequitos: los de He-Man, los Playmobil, los de los Thundercats. Nunca fui de la generación que jugaba al Lego. No tuve legos en casa. Recuerdo llorar sin para en el cine con Bambi y con King Kong. Recuerdo que mis viejos no me dejaron ver Tango feroz cuando se estrenó en el único cine que teníamos. Recuerdo mi único recuerdo totalmente político: en mi casa votaban al radicalismo, o eso decían, y el día que perdió Angeloz –“el bueno”– todos estaban tristes y preocupados. Recuerdo que hablaban de política, del caudillo de La Rioja. Recuerdo que ese día también hablamos de política en el colegio. Teníamos ocho o nueve años. Recuerdo que en un momento revoleamos las mesas del grado por el aire. Teníamos bronca. Tal vez fue mi primer enojo político porque sí. Recuerdo que en sexto grado viví un año en Buenos Aires y leía los libros de Agatha Christie que me prestaban en la biblioteca del colegio. Después volví a Bariloche para terminar la primaria y empezar la secundaria. Todavía no escribía poesía, ni nada. Leía y dibujaba. Tenía muchos cuadernos. En mi infancia, Buenos Aires era el Mal. Era la ciudad en la que nunca quería estar (aunque quizá en el fondo sentía una fascinación y por eso después ya no me pude ir de acá). Los chicos de mi edad, mis primos, sus amigos, me parecían extraterrestres. No compartía lo que pensaban ni lo que decían (no creo que lo comparta aún). Tenía la sensación de no encajar con lo que pensaban. Preferí seguir en la mía. Cuando crecés en el sur, me parece, aprendés a mirar las miradas y así respondés ante los movimientos del otro. Es como la supervivencia. No me gustaba cómo se miraban los chicos de Buenos Aires. Me gustan las ciudades frías, porque es más inhumano. Me gustaba creer en el hombre, por eso lamento que hoy crea cada vez menos en él. A veces sueño con la inmortalidad. Pero también sé que es un sueño.

 

CUANDO LAS VACACIONES SE HAYAN TERMINADO DE UNA VEZ

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Por Mark Strand

Va a ser extraño darnos cuenta al fin
de que esto no podía continuar para siempre,
la voz confiada que nos repetía una y otra vez
que nada iba a cambiar,

y recordar, también,
puesto que para entonces todo habrá terminado,
lo que teníamos, la forma en que perdíamos el tiempo
como si no quedara otra cosa que hacer,

cuando, en un fogonazo, cambió el clima
y el aire altivo se volvió de pronto
insoportablemente denso, soplaba un viento mudo,
y las ciudades parecían de ceniza,

y saber, además,
lo que no sospechábamos, que era algo parecido al verano más augusto,
excepto que las noches eran más templadas,
y que las nubes daban la impresión de brillar,

y aun así,
porque no habremos cambiado demasiado,
preguntarnos qué habrá de ocurrir con las cosas,
y quién va a quedar para hacer todo de nuevo,

e intentar de algún modo,
aunque aún no podamos, descubrir
qué fue lo que salió tan mal, o la razón
de que estemos muriéndonos.

*Extraído de Me va a encantar el siglo XXI (Gog y Magog, 2011), traducción de Ezequiel Zaidenwerg. La pintura es de María Sivak.

KIRCHNERISMO SALVAJE

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Por Martín Rodríguez :: @Tintalimon 

 

Un joven junta a todos los que le dañaron la vida en un avión. Una moza encuentra al hombre que arruinó a su familia. Una riña en una ruta desolada entre dos desconocidos, uno rico, otro pobre. Un ingeniero experto en explosivos observa la implosión de su vida. Un hijo de papá millonario asesina sin querer y huye. Un casamiento de dos chetos en el que corre sangre, porque nadie llega limpio al altar. Seis relatos. Seis historias donde se cobran ofensas. La película Relatos salvajes, de Damián Szifron, es una suma de episodios cerrados, redondos, que no tienen empalme narrativo entre sí. Las historias empiezan y terminan, no son paralelas, no tienen puntos de contacto, y sin embargo algo hace que el film sea compacto, rotundo, sin cabos sueltos. Sigue leyendo

DORMIR EN GAZA (NAJWAN DARWISH)*

clavos

 

Fados, voy a dormir como duerme la gente durante el bombardeo
y el aire se desgarra
como en carne viva
Voy a soñar, entonces, con traiciones,
como sueña la gente cuando duerme durante el bombardeo

Me voy a despertar al mediodía para ver en la radio, como hace la gente:
¿Ya pararon las bombas?
¿Y cuántos muertos hubo?

Y sin embargo, mi tragedia, Fados,
es que la gente se divide
en dos categorías:
los que arrojan sus tormentos y pecados en la vía pública para poder dormir
y aquellos que acumulan sus tormentos y pecados y con ellos fabrican una cruz con la que cargan por las calles de Babel, de Gaza y de Beirut
y claman:
¿Aún hay más?
¿Aún hay más?

Hace dos años, me encontraba en Dahieh, al sur de Beirut, arrastrando una cruz tan grande como los edificios en ruina
¿Pero hoy, quién levantará una cruz de una espalda agotada en Jerusalén?

La tierra son tres clavos
y la piedad es un martillo
Golpea, Señor
Golpea con tus aviones

¿Aún hay más?

Diciembre de 2009

(De la traducción inglesa)

 

*Traducción de Ezequiel Zaidenwerg en http://www.zaidenwerg.com/dormir-en-gaza-najwan-darwish/

URGA (de Sergio Raimondi)

trigo raimondi

Al estudiante le dispararon en un pasillo de la facultad

a la vista de todos, eso pasó en el año mil novecientos setenta

y cinco y no, no es una hoz sin mella lo que se ha de pintar

en la pared, a menos que sirva para reconsiderar el hecho

en relación al cereal que desde lo alto por un tubo en el muelle

a la bodega cae o allá en el polvillo cuando el recibidor hunde

una, dos en la panza de la bolsa, tres veces el calador hasta

el mango y ve palmaria la bondad de los granos pero decreta

chuza la entrega para devaluar. El Ente mayor es el Estado

y la mecánica se remonta a mil novecientos treinta: aparato

de regulaciones constantes que tiende a ser ejercido por una sola

cabeza capital, multiplicado en oficinas vacuas y vagas.

Y si el Sindicato media el descontrol, también la Universidad:

es trigo lo que hay alrededor del cuerpo caído, insectos muertos,

ácaros. Más allá un nuevo recibidor con su caladora en mano.

La cinta transportadora le acerca una bolsa, y otra y otra y otra.

(Sergio Raimondi, Poesía Civil, VOX, 2001)

Estúpida y sensual economía

 Dollar pyramid

Iván Ordoñez :: @ivordonez 

¿Murió el control micro de la economía?

Durante los 90 frente a cualquier inconveniente al que se se enfrentaba la sociedad, la respuesta sistemática casi autista, fue “más mercado”. Todo se resolvía con insertar más mercado. El negativo autista de los 2000 es el grito en loop de “más Estado” y en muchos casos, más plata del Estado. El arte de la política pública es aplicar de manera inteligente las dosis necesarias de mercado y Estado para desarrollo económico y humano del país y asegurar la felicidad del pueblo. Los últimos diez años son ricos en ejemplos de esta obsesión de micromanagement estatista.

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