El Papa y el Emperador

Napoleon 

Por Pablo Touzon :: @PabloTouzon 

El Papa y el Emperador. Dicen los que saben que Occidente se funda en este quiebre, en esta partición conflictiva de la soberanía, en esta “grieta” y disputa que se da entre el poder político-secular y el poder religioso. En este lado del mundo, el Tarot del poder tiene muchas cartas, pero son esas dos las que dan sentido al juego. Y no pueden jamás fundirse en una sola.

En diciembre de 2015 el nuevo Presidente argentino afrontará una situación inaudita, que en su soledad solo podría compartir (copas mediante, probablemente) con el ex presidente polaco Lech Walesa. Deberá convivir, desde el inicio mismo de su mandato, con un Papa de su misma nacionalidad, a la sazón un Papa político, con ideas fuertes acerca del país y la región. El cuarto hombre más poderoso del mundo, según la Revista Forbes. Y de Flores.

Todo puede discutirse sobre el kirchnerismo –e incluso sobre su avatar sin talento, el cristinismo– excepto una cosa: alguien ocupa el trono. Como señalamos en otra oportunidad, el núcleo duro del ADN kirchnerista no reside tanto en el eje izquierda-derecha, sino en un modo de concebir y practicar la decisión política. Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco con este dato incorporado y un modelo político estructurado, aunque ciertamente en decadencia. Y es precisamente ese aroma de “fin de ciclo” –esa debilidad relativa que muestran la economía y la política de un gobierno saliente– lo que facilitó en gran medida que los antiguos rivales hayan hecho las paces (la idea de la finitud, podría decirse). A eso podríamos agregar que también hubo una cierta comunión de ideas –en sus trazos más gruesos– y la voluntad deliberada del Papado de no aplicar su desproporcionado poder sobre el débil cuerpo político argentino, desestructurándolo. Es un poder que se sabe poder, y se auto-contiene.

Este modus vivendi, sin embargo, termina en 2015. En diciembre del próximo año CFK ya no será Presidenta, Daniel Scioli ya no será Gobernador, y Mauricio Macri ya no será Jefe de Gobierno. La tríada de candidatos expectantes a “Emperador” deberá realizar un esfuerzo adicional al que le cabe a aquellos ungidos por el pueblo para encarnar el poder político: deberán compartir “cartel”, y esto independientemente de la voluntad del Papa. Como sucede con las fuerzas de la física, la política detesta el vacío, y un trono que no se ocupa en la cúpula del poder político –un no-gobierno, o un gobierno de “bajas calorías” políticas– llevará naturalmente a que el sistema se bandee hacia el otro polo. El único que queda, en Roma. A pesar de Francisco, o a su pesar. Una Plenitudo Potestatis por default.

Los hombres y sus circunstancias

Los tres candidatos tienen un obvio sesgo (o más que eso) de centro-derecha, se dice. Pero esto no deviene de alguna conspiración cósmica o de la maltrecha CIA, sino de los temas mismos de la “agenda” argentina. Bajar la inflación, terminar con la sequía de divisas (esas que solo produce, ay, “el extranjero”), o empezar a revertir el déficit energético, son solo algunos de estos temas, y ninguno de ellos es favorable, a priori, a una agenda de izquierda. El acuerdo con Chevron y el “ajuste” que el mismo gobierno encaró en el último año –de manera contradictoria y sin mucha elegancia– así lo confirma.

Es ahí donde eventualmente puede existir un choque de agendas entre Roma y Buenos Aires. En Evangelii Gaudium, el verdadero programa político y espiritual de Francisco, predominan los contenidos sociales con una crítica descarnada a las finanzas globales y a las consecuencias que la globalización neoliberal tiene sobre la sociedad. Este programa, novedoso y reformista para la política mundial, tiene en la Argentina actual otras implicancias. “Con el Papa no se puede fusilar”, dicen que decían los líderes de la Junta en 1976. “Con el Papa no se puede ajustar”, podrían repetir a coro los candidatos de 2015. Como ya señalara Martin Rodríguez para referirse a las políticas de seguridad: no se puede estar a la derecha del Papa.

En este punto, todo dependerá de la inteligencia política del nuevo “Emperador”. O de cómo se combine el relanzamiento de una agenda “capitalista” en la Argentina sin que la cuenta, como diría Pitrola, “la paguen los trabajadores”. Roma y Buenos Aires pueden “trabajar juntos” si las dos partes, como en las parejas, conservan sus roles. Un paradojal límite (¿por izquierda?, ¿por derecha?) a eventuales desbordes para el lado del mercado.

Mas la decisión le cabe, fundamentalmente, al “Emperador”. Solo su fracaso al encarnar el principio de decisión política hará que los miembros menos creativos del “círculo rojo” argentino vayan a buscar un programa económico y político en Roma.

Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

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