EN EL PAÍS DEL ESPEJO

CRISTNA_MACRI

Por Pablo Touzon :: @PabloTouzon

Como ya se dijo, para que el cristinismo continúe existiendo (política, no culturalmente) después de 2015, es vital que la Batalla Cultural “no decaiga”. Ante el final, agotada la gestión como vector de acumulación (central en el primer kirchnerismo), con sus alianzas sociales y políticas reemplazadas por la vanguardia no iluminada, al oficialismo sólo le queda la construcción de una némesis que justifique la prolongación de su existencia.

Si se lo analiza desde esta perspectiva, no es tan paradójico que el corolario de la Revolución sea colocarle la banda presidencial a Mauricio Macri. La empatía existente entre las militancias macristas y cristinistas “puras”, autoproclamadas portadoras de un “dogma” ideológico, se entiende en la recuperación arqueológica del “cuanto peor mejor”, de la lucha entre “auténticos, y no fotocopias”. El pueblo, sujeto inerte de esta experimentación política, entendería finalmente, ante un neoliberal en serio, y con la pérdida de todas las conquistas, lo injusto que fue con la tercera gestión del kirchnerismo. Y volvería, arrepentido, a pedir el retorno de su conductora.

En este esquema, un peronismo derrotado seria definitivamente cristinizado, amalgamando la oposición a la “derecha neoliberal” macrista, consolidando “la grieta” por siempre jamás. Y el sistema político argentino seria “normalizado”, racionalizado, concretando el deseo torcuatoditelliano de la división definitiva de la Argentina en derechas y izquierdas partidarias, como sucede (o mejor, sucedía) en un puñado de países de la Europa Occidental. Los sueños de los politólogos engendran monstruos.

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Sin embargo, la sincronía de relojería de esta ingeniería para-electoral choca contra la lógica de mimesis de la democracia argentina. Las transiciones por implosión, tan típicas del stop and go político de la Argentina, no suponen en general que haya una herencia que recibir, y reivindicar (al menos no antes del colapso del sucesor). En ese contexto, la totalidad del sistema político suele correrse y situarse en los alrededores del paradigma triunfante, sin beneficio de inventario.

En “Almirante Cero” (probablemente la mejor biografía política escrita durante los años de la democracia) Claudio Uriarte da cuenta de este fenómeno, inclusive en los años 70. La agonía del régimen lanussista y el clima ideológico mundial generaban un contexto en donde “la Argentina vivía ideológicamente tanto en las vísperas de la presumible Revolución que prácticamente no existía proyecto político que no legitimara su derecho a la existencia mediante la apelación ritualistica y ligeramente fetichista a la palabra “Revolución” (..) Incluso una proclama de la escasamente radical Unión Cívica Radical , un partido de clase media que había vivido sus últimos 40 años del temor de su clientela política a la clase obrera, había dicho hace poco que “La Revolución tendrá lugar en la Argentina con las Fuerzas Armadas, sin las Fuerzas Armadas o contra las Fuerzas Armadas”

La fuerza de la triunfante socialdemocracia alfonsinista tenía también su imaginario: la Constitución, los Partidos, el modelo europeo, las Internacionales. Y prohijó la Renovación, un peronismo que con toda lógica quería dejar atrás aquel primer peronismo diabólico del ’83, congelado en un loop permanente de diciembre de 1975. El peronismo renovador de los ’80 intentó ser la versión socialcristiana de la nueva democracia, aceptando implícitamente todas sus premisas. Su relación vergonzante con el sindicalismo por “piantavotos”, su voluntad estética y política de parecerse al alfonsinismo fue durante muchos años racional. Hasta que, claro, no lo fue más.

El consenso neoliberal de los 90 también fue mucho más allá del menemismo, contenido afuera y dentro del PJ: la coincidencia en ejes fundamentales del modelo incluyó a toda la clase política realmente existente, con solo honrosas excepciones. La UCR y el Frepaso podían disentir en las formas y en la estética, pero suscribían lo esencial: la Convertibilidad, probablemente la política económica con más adeptos de la historia democrática argentina. La mimesis llevo a niveles exorbitantes, hasta la proclamación de la fórmula mágica de “un dólar, un peso” por el candidato De La Rua en un spot televisivo de campaña.

El kirchnerismo triunfante y arrasador de los años 2003-2007 tenía la voluntad explícita, y las armas para llevarla a cabo, de reubicar el sistema político argentino en un eje izquierda-derecha. Y durante mucho tiempo así lo logró: si bien las expresiones propiamente políticas de esa voluntad fueron cambiando ( la Transversalidad, la Concertación Plural), el kirchnerismo hizo que ninguna fuerza política quisiera quedarse al margen de la palabra mágica: Progresismo. Y todos reivindicándose de “centroizquierda”.

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Es probable entonces que en el caso hipotético de un Mauricio Macri presidente, esta fuerza, sumada al escenario de llegada de este sector politico al poder (default, inflación creciente, recesión), reoriente todo el espectro hacia la “centroderecha”. Fenómeno que ya está sucediendo con la mayoría de los candidatos expectantes. Pensar que un peronismo derrotado por el macrismo simplemente se dedique a profundizar en los motivos de su derrota es en cierto modo hasta cándido.

“Esto es peor que un crimen, Sire, es una equivocación” , dicen que dijo Talleyrand ante el gran Corso. Y tenía razón en las dos cosas.

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