BARCELONA

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“[…] y en medio de su bienestar se adivina un anhelo de grandeza y de alegre lujo”.

Barcelona: las burguesías mediterráneas — José Luis Romero

Por Alejandro Sehtman :: @sehtman

Quiénes fueron los primeros no podemos ya saberlo. No creo que se dieran cuenta de que eran pioneros. Pero en algún momento lo pensaron y lo hicieron y así inauguraron una forma nueva de la esperanza. Irse.

Irse a Barcelona.

(La ciudad había firmado su ficha de inscripción a la globalización para las olimpíadas de 1992 -y lo mismo había hecho España con la Exposición Universal de Sevilla del mismo año-. En 1993 el PSOE pierde la mayoría absoluta y tiene que aliarse con los catalanistas de Convergència i Unió para formar el cuarto y último gobierno de Felipe González. Es el principio del fin del Gonzalato y el principio del principio del catalanismo arrogante).

Clima templado. Mar y montes. Vivienda accesible. Lengua materna. Cultura y espectáculos. Barcelona era el lugar ideal para irse. Una emigración no forzada aunque pudiera verse a través del prisma del exilio. O un exilio autoinflingido. Una dulce condena mientras allá lejos el Luna de Avellaneda se convertía en casino. Liquidación fin de temporada. “Cuando las cosas van mal, tenés que vender”. Pero el espectáculo del gatillo fácil neoliberal no era para cualquiera. Una cosa es que hubiera cirujía mayor sin anestesia y otra era limpiarse las manchas de sangre que salpicaban a todos.

Barcelona, refugio de los soldados que huyeron para servir en otra guerra (¿en esta guerra?). Barcelona. Torre Mapfre y postserratismo. Torre Agbar y Barceloneta. Neoliberalismo sin daños colaterales a la vista. Cavallismo con derechos humanos. Y con hash. Y con mar. Una Casablanca gigante para los disidentes de la realidad Argentina, los emigrantes del país de inmigrantes, los que se fueron antes de que fuera demasiado tarde.  Barcelona, un lugar donde ser inocentes, corderos sueltos entre lobos entretenidos con otros asuntos.

Los argentinos en Barcelona fueron menonitas epicúreos que huyeron de casa para labrar la tierra soleada del Mediterráneo. Pero la diáspora no dio grandes frutos. La tibieza del bienestar postindustrial para camareros y publicistas no hizo germinar ninguna semilla adormecida por las asperezas del Río de la Plata. Por el contrario, los que se fueron llevaron consigo el castigo divino a nuestra tribu: no triunfarás sin destruirte.

(¿A dónde jugarán los objetores de conciencia de la década que empieza?).

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