Oz el Grande y Terrible

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Por Pablo Touzon :: @PabloTouzon

Nacer a fines de los ‘70 o principios de los ‘80 fue asistir a una sucesión de caídas y desmoronamientos: el Muro de Berlín y la Unión Soviética, las Torres Gemelas y Lehman Brothers, Muammar Gadafi y Saddam Hussein, el rublo y la banca americana, el precio del petróleo, el Partido Militar y el bipartidismo argentino, la convertibilidad y el ALCA, el PRI y NuestroAmerica. La única verdad es la realidad de que todo lo sólido se desvanece en el aire. No son los poderes concentrados, es el poder volátil. No es lo que se construye, es lo que se atomiza. No es lo que se encarna, sino lo que se disuelve.

……………………..

Los cuatro viajeros entraron en el Salón del Trono del Gran Oz. Se quedaron muy sorprendidos cuando miraron a su alrededor y vieron que no había nadie en la habitación. Entonces oyeron una solemne Voz que parecía venir desde lo alto de la gran cúpula.

– Yo soy Oz, el Grande y Terrible. ¿Qué queréis de mí?

Miraron de nuevo por toda la habitación y entonces, al no ver a nadie, Dorothy preguntó:

– ¿Dónde estás?

– Estoy en todas partes, pero soy invisible a los ojos de los mortales.

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En la Argentina, el fantasma del despoder es un viejo conocido ya desde el Big Bang patriótico. “La Anarquía del año ‘20” se la llamó, sin vueltas ni velos. Una palabra y un concepto al cual se le podría cambiar el número final: la del 75, la del 82, la del 89, la del 2001…

Conjurar ese espectro fue la tarea del constructor político durante gran parte de su historia. E ilusionar a los demás con que se lo había expulsado definitivamente. “Se va, se va, y nunca volverá”. Cada época tiene sus mandatos específicos, claro: la consolidación de la democracia, de la moneda, de la justicia social. Pero siempre contra el telón de fondo de la necesidad de construir –o reconstruir– el orden político en sí mismo, y cada vez. Las transiciones por colapso, con el característico trípode de devaluación-ajuste-represión, dejaban (dejan) poco que heredar y todo que producir. El Orden del Orden. La comida y la cocina.

El 2002 parió al peronismo en una faceta nueva e inédita en su historia: como el nuevo pilar de la estabilidad política del país, y un reemplazo de facto de su sistema político. De representar una parte, el peronismo pasó, por default, a representar el todo, perdiendo a la vez toda su especificidad. Cuando todo se derrumbó una vez más, y ya destruido el viejo Partido Militar, el peronismo era el único, aunque maltrecho, esqueleto político sobre el cual podía reconstruirse un esbozo de institucionalidad. El Movimiento se fusionó con el Estado, menos por una voluntad deliberada que por una reacción de la física política. Como una suerte de desordenado PRI a pesar de sí mismo, y con el riesgo de que cuando se es todo, al mismo tiempo se puede ser nada.

El kirchnerismo primigenio, aunque hoy parezca a años luz, entendió la naturaleza problemática de esta sustitución. Los diversos intentos por rearmar en clave “ideológica” el escenario político (transversalidad, concertación plural) fueron fruto de esa comprensión. De cualquier manera, en ese esquema el peronismo estatizado parecía funcionar como el hardware duro del poder, la base sólida sobre la cual se montaba el software de la experimentación progre del kirchnerismo.

Ese peronismo era y es mentado casi religiosamente por propios y ajenos como el demiurgo oculto de toda la práctica política en Argentina. Como suele suceder, los más fieles no eran los viejos políticos del movimiento, quienes en todo caso instrumentalizaban esa Fe pero secretamente eran más bien escépticos con respecto a su realidad empírica. Lo eran en cambio, y sobre todo, los recién peronizados, que fetichizaban hasta los peores aspectos de la historia del Movimiento. El bar temático peronista en Palermo como símbolo del “fin de la rabia”. Enamorados de los errores de su historia, reemplazaron la practica política del peronismo (es decir, su voluntad infinita de representar las necesidades sociales del presente) por la inflación del folklore y el cotillón de un peronismo declamado, con la palabra “Perón” presente en todas sus frases: un Corán lleno de camellos. Guillermo Moreno, el superhéroe compañero que con la Virgen María atrás y un museo justicialista en su despacho pondría limites a “los progres”, un altar al que luego se sumaría Sergio Berni.

Y esto generó un tipo alternativo de kirchnerista: aquel que despreciando a “la progresía” se preparaba, solapado, para heredar la casa cuando finalizase la gira mágica y lisérgica del kirchnerismo, pero se desentendía, igual que aquellos, de los resultados concretos y visibles de sus acciones. Esperemos, se decían, porque este Dios oculto, el peronismo (el que “te permite gobernar y ganar elecciones”, el de “todos los pobres son peronistas”: la “religión de Estado” argentina) nos va convocar en el momento oportuno. Y así, en esta visión conservadora y estática de la sociedad argentina –la de los “pobres escriturados” por siempre jamás– coincidían, paradojalmente, con lo más gorila de la opinión política nacional. Elisa Carrió y “la clase media debe liberar de la esclavitud a sus hermanos pobres”, en simetría perfecta.

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……………………

– Hemos venido a reclamar lo que nos prometiste, Oz.

– ¿Qué os prometí? – preguntó Oz.

– Me prometiste enviarme de vuelta a Kansas cuando la Malvada Bruja fuera destruida –dijo la niña.

– Y a mí me prometiste darme un cerebro – dijo el Espantapájaros.

-Y a mí me prometiste darme un corazón – dijo el Leñador de Hojalata.

El león tropezó con el biombo que había en una esquina. Este se vino abajo con estrépito y al punto se quedaron atónitos. Porque vieron, de pie en el lugar que había estado oculto tras el biombo, a un viejecito calvo y lleno de arrugas. El Leñador de Hojalata exclamó:

– ¿Quién eres tú?

– ¡Fingiendo! – gritó Dorothy – Entonces, ¿no eres un Gran Mago?

– Nada de eso, querida. Soy un hombre corriente. En realidad soy un hombre muy bueno, pero debo admitir que soy un Mago muy malo.

………………………….

Toda Fe suele ser irreductible a los números. Y quizás esté bien que así sea. Sin embargo, como señalara el viejo conductor, la realidad suele imponerse hasta a los más fervorosos. La elección del 2009 –en donde el conjunto del denominado “aparato” con todas sus figuras estelares testimonializadas, sus gobernadores, y sus nomenklaturas, fue derrotado por el outsider De Narváez en la decisiva provincia de Buenos Aires– fue el primer testimonio de que, quizás, caminar sobre las aguas podía ser más problemático de lo que parecía. El esencialismo de “los pobres peronistas” había fracasado.

Cristina Fernández de Kirchner y su cincuentaycuatroporciento sometieron a esa Fe a otra prueba del ácido. Ya no electoral, sino de Poder. Desde el inicio, la Presidenta explícitamente se propuso crear su propio movimiento, diferente no solo del peronismo sino también de la vieja guardia bolchevique del “nestorismo”. Procedió desde el primer día con ese objetivo, utilizando todos los resortes de la Presidencia para este cometido. Ministerios, Secretarías, Embajadas, fueron las nuevas unidades básicas del movimiento estatizado. Cristina sentía esos votos como absolutamente suyos, no había deuda, compromiso, ni complementariedad, y el peronismo de representación institucional (gobernadores, sindicalistas, intendentes) parecía un sobrante. Gran parte de las acciones presidenciales se dedicaron a mostrar eso, una y otra vez. Como a las fantasmales tropas del General Alais, se esperaba el contrapeso, la fuerza de los “sensatos” del viejo peronismo que frenase, o moderase, los excesos “bolivarianos” de la militancia presidencial. Una mesa de gobernadores, una corriente interna, una solicitada en el diario al menos. Nada de eso sucedió. A la hora del clímax de la política democrática argentina –el cierre de listas– la derrota era total. Y solo sobrevivieron aquellos que, interpretando el vacío de lo real, abandonaron la Iglesia y crearon esa exitosa cooperativa de políticos abandonados por sus jefes que fue, en ese 2013, el Frente Renovador. Un protestantismo heterodoxo sin gorra, bandera, ni vincha, pero con ambiciones de “representar”.

El gobernador naranja tuvo un papel destacado. Ninguna fuerza real de contrapeso podía armarse de manera verosímil sin la presencia estelar del primus inter pares del cuerpo de gobernadores, el virtual numero dos del Frente para la Victoria. El primer consumidor de decisión ajena no pudo generar, en este caso ni en ningún otro, la propia. Una vez más, el Compañero Bartleby prefirió no hacerlo. Sin embargo, no fue el único. A Capitanich, el Primer Ministro que no fue, le tomó menos de dos semanas abdicar al rol para el cual había sido imaginado. Ya en la Era del Default, solo Fábrega, el ex presidente del Banco Central, fungía como una suerte de resistente John William Cooke para este sector del peronismo estatal. Y fue dado de baja, sin honores, ante el estridente silencio del Dios ausente.

Todo se desmorona. El Centro no resiste. Se desata en el mundo la absoluta anarquía, escribía W. B. Yeats.

Pero la Naturaleza, y la política, odian el vacío.

El Centro, indefectiblemente, siempre debe ser reconstruido.

 

 

 

 

 

 

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