chau, Marcos

SUBCOMANDANTE-MARCOS-HQ2.jpg-HQ-62

Por Tomas Borovinsky :: @borovinsky

La generación que no llegó a mirar MTV después del colegio no sabe quién fue el subcomandante Marcos. Decimos fue, porque esta semana Marcos dejó de existir. Se cambió el nombre, en fin. La irrupción espectacular en las pantallas de los televisores a mediados de la última década del siglo XX marcó a miles en una época signada por la “hegemonía simbólica del neoliberalismo”, y devino, a distancia, un consolador consumo cultural en la era del fin de la historia pregonado entonces por Francis Fukuyama.

Marcos no está, no existe más, una muerte simbólica, claro. Las razones y las consecuencias de esta desmaterialización son teóricas, meras especulaciones más allá del discurso del subcomandante. Pero lo seguro es que no es lo mismo Marcos “muriendo” para los habitantes de Chiapas y para  los mejicanos que para nosotros acá agarrados al continente para no caernos a la Antártida.

Las consecuencias para Chiapas y los pueblos indígenas que él representaba nos son ajenas. “Demasiado pronto para opinar” diría Zhou Enlai, demasiado lejos para opinar quizás también. Lo que si podemos señalar es lo obvio: que allá su irrupción constituyó la aparición en escena de pueblos excluidos y negados por la sociedad y el Estado mexicano. Porque México es un país mestizo orgulloso de su origen indio pero que acepta ese Otro-indio de modo meramente simbólico, rechazando a los indios realmente existentes. México recibía exiliados de todo el mundo mientras reprimía a los estudiantes del 68. Cariños con Cuba y amor carnal con Estados Unidos. Un país complejo. Marcos encarnó para la televisión una representación política provista de una organización territorial difusa. Rebeldía financiada por una pluralidad de ONG europeas. Un desafío para el PRI de entonces en el gobierno, que hoy vuelve en clave ofensiva para recuperar el terreno cedido por el gerenciamiento liberal del PAN. La ofensiva del nuevo PRI debe enmarcarse en el proceso de recuperación estatal –por derecha– frente a todas formas de la insurgencia: desde los poderosos y rizomáticos narcos al EZLN.

Todos los que circulamos por determinados circuitos político-culturales tenemos adherida a la piel alguna fiesta musicalizada por Manu Chao, con decoración a cargo de uno o más pósters del zapatismo emocional. Los que nacimos entre fines de los ’70 y principios de los ’80 tenemos en algún cajón ese disco que organizó Santaolalla para Chiapas con invitados como Illya Kuryaki, los Calamaro y bandas mexicanas que no recordamos muy bien. Marcos, aunque lejos nuestro en miles de sentidos, forma parte del ticket con el que atravesamos el cambio de milenio. Marcos, guerrero-poeta, discípulo indirecto de Eduardo Galeano, no existe más.

Pero la tenue onda expansiva de este suicidio simbólico es débil en Argentina, Buenos Aires. Parados a mitad de camino de la segunda década del siglo XXI todo lo que rodea al zapatismo tiene aire de lejano y extemporáneo, demasiado ligado a un futuro que ya no está ahí. Porque el siglo XXI comenzó con un efecto dominó de triunfos de gobiernos progresistas (con todas las tonalidades posibles). En realidad el siglo XX cerró con Hugo Chávez ganando en Venezuela, “la cuarta vía al poder” se decía entonces. Luego vinieron Lula Da Silva, Néstor Kirchner, Rafael Correa, Evo Morales, Michel Bachelet y el Frente Amplio. Una época progresista. Todo lo que ya sabemos.

Y justamente el caso de Correa –el preferido del papa Francisco, dicen– es paradigmático para pensar el contrapunto entre el zapatismo y el camino que tomó la región por (centro)izquierda. En una reciente nota el jurista y sociólogo Boaventura de Sousa Santos decía que el presidente ecuatoriano era nada menos que el Kemal Atatürk del Ecuador. Correa venía a fortalecer el Estado central frente a los “destituyentes” pueblos indígenas que tantos gobiernos voltearon. Correa, egresado de la prestigiosa Universidad de Illinois en Urbana de Estados Unidos, privilegiaría el desarrollo fáustico de la economía por sobre la conservación de la naturaleza. Un paralelo similar podríamos hacer con Morales, que busca acumular reservas, como hacen Brasil y Chile. Si el siglo pasado terminó, supuestamente, con una región gobernada por gobiernos de corte liberal el nuevo siglo daría inicio con retóricas políticas signadas por el retorno del Estado y su lenguaje. Frente a esto Marcos parece ser la otra cara de la era neoliberal, de la renuncia al poder (el Estado) por izquierda, el paroxismo de la autonomía. De “cambiar el mundo sin tomar el poder” a querer tomar el poder para cambiar al menos algo. Mejor así.

 

Un pensamiento en “chau, Marcos

  1. Juan dice:

    Mejor asi.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: