La tregua

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Por Tomas Borovinsky :: @borovinsky*

El fútbol como opio de los pueblos: eso ya se dijo mil veces. Pero sí, el fútbol como religión. El fútbol como conflicto internacional neutralizado, como guerra por otros medios (pacíficos). Una guerra de 90 minutos donde las reglas de la beligerancia internacional se respetan, aunque siempre hay lugar para la picardía. Votamos presidente cada cuatro años y también cada cuatro años nos la jugamos en un campeonato mundial de fútbol que todo lo absorbe y lo tapa.

Si como dice Mao la guerra es política con derramamiento de sangre, y la política es guerra sin derramamiento de sangre, entonces el mundial de fútbol parece tener un poco de cada una: guerra (neutralizada), política (encubierta) y algunas gotas de sangre derramadas en la cancha. Y pasión, negocio, show para todos y todas. El circo romano de la posmodernidad en el que nadie tiene que morir.

Durante un mes todo el mundo fútbol-centrista girará en la órbita de un balón de 437 gramos fabricado por mujeres, a mano, en Pakistán. En este mes Brasil busca demostrar que la cita –apócrifa, dicen– de Charles De Gaulle que dicta que “Brasil es el país del futuro y siempre lo será” no se ajusta a la realidad contemporánea. El futuro ya llegó, quieren comunicar desde Brasilia mientras se preparan para inaugurar por segunda vez un mundial, la primera como global player, buscando la revancha futbolística y la irrupción histórica –con audibles resistencias internas al evento–, a meses de una elección presidencial en la que Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) se juegan todo, y siguen ajustando las tuercas de la violencia social en Río de Janeiro para la olimpíadas de 2016.

Por esos azares del destino sudamericano en su versión argentina las elecciones locales nunca coinciden con los mundiales a diferencia del organizador del que está por comenzar, ese gigante tropical que odiamos amar. Pero el blindaje político que implicaría ganar un mundial le duró poco a la dictadura de Jorge Rafael Videla cuando a los meses de la victoria sobre Holanda tuvo que abrir las puertas a los inspectores de los derechos humanos, universales y obligatorios. Lo mismo aplica a Raúl Alfonsín: en 1986 Argentina ganó un mundial (¡y un Oscar!) y a los pocos meses el presidente perdía las elecciones, el proyecto político y el modelo económico.

Pese a todo las fantasías sobre las consecuencias de ganar un mundial en este contexto movedizo no paran, flotan en el aire. Es inevitable. Igual de gaseoso es ese sonido ambiente, que cruza a muy bajo volumen el palacio y la calle de la política, que dicta que después del mundial empezaría el campeonato nacional por el sillón de Rivadavia. Nuestro humilde y civilizado juego de tronos.

Mientras tanto, hay un pacto tácito, una paz perpetua de 30 días que consiste en esperar a que termine el campeonato. Políticamente hablando el mundial de fútbol funcionará como un cuarto intermedio, un intermezzo visto desde las urgencias materiales de la coyuntura. La suspensión cultural de la política, la tregua. Pero al terminar el campeonato faltarán meses para las PASO, menos meses aun para el comienzo oficial de la campaña presidencial. Después del mundial vuelve ese fantasma que nunca se fue. Después del mundial vuelve la política, una vez más.

* Nota publicada en el número de junio de Le Monde diplomatique

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