LA ÉTICA DE ESPINOZA

Espinoza

Por Esteban De Gori :: @edegori

I

Desde la recuperación democrática, la figura de los intendentes fue condenada a miradas peyorativas, sospechosas o románticas. Oscilaban entre las imágenes de un mafioso de baja estofa, de un jefe absoluto borracho de la sangre de sus opositores o de un dirigente que no puede contener el reclamo social sin ayuda de un presidente. Recibieron conceptualizaciones variadas de las ciencias sociales: “punteros”, “barones del conurbano”, “dirigentes feudales”, “mafiosos”, “jefes comunales/municipales”, etc. Pero estos conceptos, esas imágenes y esas figuras cargan con la historia de las transformaciones de las últimas décadas.

II

El peronismo es el partido de la transformación (conservadora, progresista, neoliberal, neodesarrollista, posneoliberal, etc). Toda la brutalidad y la capacidad civilizatoria de los trastrocamientos sociales y económicos –desde mediados del siglo XX– pasaron por su interior. Metabolizó todos los escenarios, desarrolló una astucia de maniobra para los cambios de época y se constituyó en el gran masticador de las relaciones de fuerzas. Tuvo y tiene la oreja puesta en las mutaciones épocales. Esto le impide ser un partido tradicional, ya que no sería apto para los “volantazos”. Ni siquiera podría ser un movimiento flexible, sino que tiene que ser constantemente un centro consolidado y deseado por una élite dispuesta a su abordaje. Una que acepte moverse sin sufrir por las pérdidas y por el despojo. Es decir, el peronismo no tiene memoria nostálgica cuando se trata de la lucha por la conducción. No tiene mitos que lo limiten, a pesar de la liturgia de algunos dirigentes.

En esa peripecia de transformaciones y degluciones, el peronismo fue contra los suyos. Los disciplinó, los expulsó y los dotó de formas para presentarse en la arena política. Les bajo y subió el pulgar. Se transformó en un Coliseo cultural donde desfilaron, se incorporaron y se expulsaron a diversas generaciones. A modo de ejemplo, el uso del “impresentable” legitimó la acción de variadas dirigencias para dejar atrás a otros actores. La organización vence a todos. PJ ex machina.

III

Herminio Iglesias y Fernando Espinoza son artefactos culturales del peronismo. Son hechuras de las formas en el que el peronismo se presentó y se presenta en sociedad.

Entre éstos existen ríos de luchas y diversos peronismos. Luder, Cafiero, Menem, Duhalde o Kirchner, quienes remodelaron los estilos culturales de los liderazgos. Leyendo el mundo y la región, forjaron un “soldado”, lo pulieron y lo sacaron a la calle.

IV

Herminio era la representación más ajustada del reclutamiento que se había imaginado el peronismo posdictadura. Sindicalista vandorista, corrió a tiros a Juan Manuel Abal Medina y fue Intendente de Avellaneda (1973-76). En el ’83 estaba apto para mostrar los dientes, para indicar que el peronismo podía hacer uso de la violencia y sellar un pacto con los militares. Herminio emergía de la dictadura y deseaba acomodarse en las instituciones democráticas (diputado nacional entre 1985-89) representando a la “columna vertebral” del peronismo. Logró transformarse en un traductor rápido de sus intereses. La quema del cajón era una especie de diálogo directo con quien creía que eran sus bases. El tipo prende fuego el ataúd con cara alegre. :- Vean. Acá estamos. Era un peronismo que no quería sangre, pero si un fuego que marque el pasto de la democracia naciente. Ahí estaba el intendente de San Fernando, que era carnicero. Siempre supe que Alfredo Viviant pensaba la política desde allí, en el face to face con sus clientes. Alguna vez escuche que alguien fue a comprar carne y no le alcanzaba el dinero a la hora de pagar. Y entonces, Alfredo le dijo:- no te preocupes pibe. El peronismo es un fiado eterno.

V

Menem cambió las cosas. Aprendió de Cafiero que el peronismo tenía que trascender viejas liturgias. Rasuró sus patillas y se lanzó a la cancha. Aprovechó la oportunidad neoliberal para fagocitarse la “columna vertebral”. Creó su semillero con las clases medias acomodadas y altas, a las que abrazó y socializó con el espíritu del nuevo del capitalismo. El menemismo armó su Barça. Subordinó al movimiento obrero a los nuevos reclutados. Ajustó cuentas con éste y lo redujo a una imputación presupuestaria de obra social. Flexibilización mediante, observó cómo se desvanecía su centralidad en el peronismo y en la sociedad. Los años de Herminio habían terminado.

VI

El kirchnerismo se valió de algunos de los dirigentes que provenían del elenco menemista y duhaldista. Se acopló al cambio iniciado con Menem, pero impuso otra socialización. Estableció un slogan de hierro: “El siglo XXI es el siglo del consumo y no de la estructura. Es el tiempo del deseo y no hay espacio para el dolor.

El oficialismo volvió al faro cultural de la gelatinosa clase media, advirtiendo que allí habitaba un saber civilizatorio y una experiencia ascensional que debía mostrarse y universalizarse. Así, la apelación al aspiracionismo clasemediero logró sortear cualquier pensamiento que se interrogue acerca de cómo reconstruir sujetos políticos y avanzar en reformas estructurales. El kirchnerismo se quedó ahí, representando la aspiración y haciendo de ello su mayor fuerza.

VI

Fernando Espinoza es intendente de La Matanza. Un territorio que condensa una especie de unidad básica de la gobernabilidad social. Allí residen los votos para el triunfo de cualquier aventura electoral. Pero Fernando –a diferencia de Herminio y del ex intendente matancero Federico Russo (1983-1991)– es un hombre modelado para la vieja y nueva clase media del conurbano.

Supo ajustar las palabras al tiempo mediático. Se transformó en un dirigente anfibio con predisposición a participar en una asamblea de Carta Abierta. Es un dirigente en disponibilidad. Pero, a diferencia de todos, gobierna el territorio que todos desean gobernar. La Matanza y Fernando son parte la Gran Manzana del poder electoral bonaerense y de una clase media peronista que se ha consolidado en el manejo de los asuntos públicos.

VIII

El kirchnerismo se vinculó a dirigentes como Fernando. Aquellos que adhiriesen a la “colonización ministerial” de sus territorios y al reconocimiento de que ya no existe un sujeto central al que puedan imaginar hablarle. A diferencia del “peronismo compadrito” de Herminio, ya no tienen a quien quemarle un cajón para establecer un diálogo directo con el “voto peronista”, sino que deben hacerlo de manera tangencial, esperando que el amplio universo de la clase media lo decodifique. Fernando se encuentra ante varios dilemas, entre ellos, que no encuentra una mirada clara que lo avale o que le suscite una sonrisa. Ahora, él debe susurrar a sus votantes y tal vez, –si les interesa– prender fuego algo.

 

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