El amor nos destrozará (otra vez)

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Por Tomas Borovinsky

Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada. Todos somos postrevolucionarios porque somos los hijos de todas las revoluciones políticas triunfantes. Somos los hijos de las guerras civiles fallidas y de los desempates hegemónicos que estuvieron antes. Venimos también de los armisticios firmados con la sangre derramada y descendemos de los juicios en los que vencidos juzgaron a vencedores. Dijimos: dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada.

¿Qué es jugar a la revolución en una democracia liberal como la nuestra? La respuesta se hunde en el barro del esteticismo puro, la inconciencia política y el consumo irónico. ¿Cómo se hace una revolución en un país donde se vota cada dos años? La democracia liberal es el lugar donde se baraja y se da de nuevo cada dos años, y donde el fantasma de la opinión pública se hace carne por un rato, y hace justicia por voto propio y deshace el poder político del que parecía tenerlo todo.

La democracia liberal te desdramatiza la vida porque es una máquina de desmantelar la violencia política (la violencia social es otro tema). Recordemos: la matriz revolucionaria jacobina, que es la nuestra –la otra sería la Americana, que nos toca pero más de lejos–, sostiene que no hay verdaderas revoluciones sin guerras y/o terror. Así se pensó la política en Argentina hasta el fin de los años de hierro: fuera de la democracia. Hablar de “terrorismo de Estado” es caer en la redundancia. El terrorismo es de Estado y nace con la Revolución Francesa que por medio del terror busca imponer el nuevo orden aniquilando a sus enemigos políticos. Ya lo decía León Trotsky en su libro más estalinista (aquel que Stalin conservaba todo subrayado): “el terrorismo está mucho más ligado a la naturaleza de la revolución de lo que algunos teóricos habían pensado”. También dice: “hacemos la guerra. Luchamos, no en broma, sino a muerte”. El terror y el aniquilamiento del enemigo forman parte del paradigma revolucionario. No aceptar eso, suele decir Slavoj Zizek, “es querer la cosa sin la cosa misma”.

En pleno Mayo del 68 el enorme pensador liberal francés Raymond Aron acude a su maestro ruso-francés Alexandre Kojève y pregunta: “¿qué es eso que pasa allá afuera? ¿es una revolución?” Siempre enigmático, seriamente irónico y marxista Kojève repreguntó: “¿cuántos muertos van?” “Ninguno”, dijo Aron. “Entonces –respondió Kojève–, tranquilo: sin muertos no hay revolución”.

En contexto liberal no hay verdaderos revolucionarios. Hay “revolucionaristas”. El “como-sí” de la revolución. La revolución estetizada, romántica, lista para ser consumida (no irónicamente). Hombres y mujeres que critican un sistema del que viven. ¿De dónde viene la palabra “revolución”? Ya lo ha dicho Reinhart Koselleck: originalmente la palabra viene de un “retorno al punto de partida”. Como con los autos: revoluciones por minuto. Originalmente la revolución fue un concepto político-físico. Luego de las revoluciones políticas vinieron las restauraciones, los promedios pero también los no retornos: siempre hay una dimensión irreversible.

No habrá verdaderas revoluciones hasta que se demuestre lo contrario. Habrá microemprendimientos varios. Somos el Antiguo Régimen. Somos el Antiguo Régimen que relata las batallas de la memoria derramada. ¿Y qué pasa allá afuera? ¿Cuántos muertos van? Allá afuera hay una revolución permanente congelada. “Pasamos de las revoluciones políticas a las revoluciones técnicas”. Del conflicto sangriento a la gestión. Dijimos: dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. Amén.

6 pensamientos en “El amor nos destrozará (otra vez)

  1. Aldo Camacho Alviz dice:

    Interesante articulo sobre la revolucion, Ahora se debe Hacer la revolución con los votos y la conciencia del pueblo. Como en Bolivia Evo lo dijo, habiendo posibilidad de alianza no lo hizo. Evo se opuso a todas las tendencias que planteaban ese camino y se eligió el camino del voto y la conciencia del pueblo.

  2. La democracia liberal, desde Constant y Tocqueville, vino a evitar la revolución, a sellarla, pero, por algún motivo, no renuncia a su imaginario. Pareciera ser su parricidio originario, aquél que la hizo posible pero que hay que callar.
    Te felicito, Tomás.

  3. “Hubo el tiempo inmemorial del campesinado, que era un tiempo inmóvil o cíclico, un tiempo de labor y sacrificio, apenas compensado por el ritmo de las festividades. Hoy sufrimos el par del frenesí y el descanso total. Por una parte, la propaganda dice que todo cambia minuto a minuto, que no tenemos tiempo, que es preciso modernizarse a toda marcha, que vamos a perder el tren (el tren de Internet y la nueva economía, el tren del teléfono celular para todos, el tren de los accionistas innumerables, el tren de las stock options, el tren de los fondos de retiro, y no sigo). Por otra parte, ese alboroto disimula mal una especie de inmovilidad pasiva, indiferencia, perpetuación de lo que hay. El tiempo es entonces un tiempo sobre la cual la voluntad, individual o colectiva, no tiene ninguna influencia. Es una mixtura inaccesible de agitación y esterilidad: la paradoja de una febrilidad estancada.
    La idea fuerte del siglo -aun cuando, como sucede a menudo en el momento de una invención, se manejó con torpeza y dogmatismo- debe seguir inspirándonos, al menos contra la temporalidad “modernizante” que anula toda subjetivación. Esta idea es que, si se quiere llegar a lo real del tiempo, es menester construirlo, y esa construcción sólo depende, en definitiva, del ciudadano puesto en erigirse en agente de los procedimientos de verdad. Alabaremos al siglo por haber llevado en su seno la propuesta época de una construcción integral del tiempo.”
    (Alain Badiou)

  4. Siempre me resultó dificil pensar una revolución con votos,
    muy bueno.

  5. […] @borovinsky: Sobredosis de TV (04/06), El amor nos destrozará otra vez (11/11) […]

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