No hay nada peor que casa

 

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Por Sol Prieto :: @prietocandanga

Hace un año y medio, en marzo del 2013, varias personas nos juntamos en lo de una amiga que venía de pasar un muy mal momento y tratamos de hacer una especie de bienvenida a una vida normalmente feliz o normalmente infeliz, como lo quiera ver cada uno. Ninguno de los que estaba en ese living ese día estaba del todo bien porque todos habían pasado por muchas averías en ese año: algunos habían ganado re poca plata, otros se habían separado, otros habían ganado plata pero se sentían incompletos e inseguros porque no sabían por cuanto tiempo iban a poder sostener la vida que estaban teniendo, y otros estaban de novios pero ya habían empezado a observar que podían odiar intensamente a sus parejas en algunos momentos y ver que había desacuerdos de fondo que iban a asfixiar su felicidad tarde o temprano. Yo me había ido de vacaciones a Brasil y estaba yendo mucho al gimnasio y entregando muchas cosas de la maestría, por lo que tenía una concepción medio griega de la vida en la cual pensaba que si escribía cinco páginas por día y corría 50 minutos por día todo iba a salir más o menos bien. Esto, teniendo en cuenta la complejidad de las religiones del libro y el budismo y cualquier cosmovisión más o menos sistematizada, es una creencia un poco acotada para el alma humana, pero bueno, era para lo que me daba en ese momento.

Éramos unas diez personas sentadas en un siilón de dos plazas, dos de una, algunas sillas, y en el piso. Había dos guitarras en la casa de mi amiga. Yo una  soy mala guitarrista desde el punto de vista técnico pero, lo admito, una excelente guitarrista de fogón. Puedo sacar casi cualquier tema –excluyendo los de Spinetta que tienen acordes muy raros– al tiro si nadie canta encima de mi mente, digamos. Una vez que saco el primer acorde vienen todos los demás como en una catarata. Alguno me puede costar, no digo que no, pero en la música popular el criterio de armonía siempre es el mismo. Había otro amigo de mi amiga, Lucas, que agarró la otra guitarra y pasó algo que a los músicos les debe pasar siempre pero para los civiles es algo rarísimo y que te acelera el corazón como cuando estás en sala de 5 y conocés un juego nuevo: armonizamos. Todos los temas los hacíamos a dos voces y quedaba re bien, ¡y ninguno sabía cantar! Además nos complementábamos porque yo soy buena para pegarle al acorde y él era bueno para acordárselos, entonces una vez que yo los sacaba podía descansar en qué el se acordara, lo cual me sacaba toda la presión de “llevar adelante la velada”.

Tocamos Té para tres y todos afinaron, lo cual fue algo rarísimo porque yo de verdad pienso que mi amiga es la mujer más desafinada de Unasur, hay que hacer un esfuerzo –lo digo sin exagerar ni chicanear– para meter todas notas tan, tan, distintas que las que son en la canción. No sólo afinaron sino que además varios se animaron con voces distintas y coritos y ese departamento plagado de gente destruida se convirtió por los 10 minutos que duró la canción –era tan bueno lo que estaba pasando que no podíamos parar y la cantamos tres veces– en un coro de destruidos y derrotados, sí, pero que era bello y funcionaba.

Como si todas esas casualidades juntas no hubiesen sido suficientes, hubo un fallido colectivo. Nunca me volvió a pasar algo así. Cantamos todos juntos “Un sorbo de distracción buscando descifrarnos. No hay nada peorrrrrrr, no hay nada peorrrrrrr que caaaaaasaaaaaa”.

Ahora mientras escribo esto trato de sacar el tema en la guitarra y no puedo, no me sale, pero no porque esté triste por lo de Gustavo Cerati sino porque ya no necesito esa canción. En el seminario de Sociedad y Religión de Fsoc damos un autor que se llama Peter Berger, que dice que la religión es una trama cultural que construye otro mundo en el mundo en el que vivimos, y que nace cuando las personas –y las sociedades– están ante tres límites: el del entendimiento, el del dolor físico y el de la muerte. Las religiones no aplacan ninguna de las tres cosas, no aplacan la incomprensión ni el dolor físico ni la muerte, pero las resuelven porque les dan un sentido. Como Té para tres para ese grupo de veinteañeros destruidos, como cada una de las canciones de Cerati que la gente subió a Facebook esta semana.

 

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