Archivos Mensuales: octubre 2015

CERATI. LA BIOGRAFÍA, DE JUAN MORRIS

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Por Bruno Bauer :: @bauerbrun

La sociedad de mercado, a lo largo del tiempo, ha relatado siempre dos historias: la del self made man que se hace de abajo y la del Charles Foster Kane que llega y muere, aislado y decadente. Las biografías de rockeros suelen combinar ambas. Cerati. La biografía de Juan Morris parece casi haber encontrado un camino alternativo, en donde se cruzan dos senderos muy distintos.

La era de la inmadurez

“¿Dije muchas estupideces?” El Cerati de Morris abre su relato inseguro y vanidoso, y no dejará de serlo a lo largo de todo el libro. Pasando de novia en novia, incapaz de sostener una relación, refugiándose en la casa materna ante cada crisis personal, abrumado ante las posibilidades abortadas o efectivas de ser padre, Cerati parece otro militante de la Peter Pan, incapaz de madurar, buscando rodearse siempre con amigos más jóvenes y novias casi adolescentes, “sus relaciones no podían soportar el momento en el que las mujeres estaban por cumplir 30”. Con más de cuarenta años, se quedaba largo tiempo frente al espejo después de cenar, dándole volumen a su melena decadente para ir a bailar a Morocco, mientras su mujer y sus hijos lo veían desde la puerta del baño, “se encontraba saliendo a la noche, volviendo con chicas al hotel, rodeado de gente más joven, y a veces no podía evitar sentirse un poco patético”. Se notan las fuentes femeninas del relato, las ex novias de Cerati y, en especial, su madre en la construcción de ese Cerati infantil, casi fetal.

El problema de la vida de Cerati es que se parece demasiado a las letras de Cerati, con viñetas emocionales y/o sensuales de una obviedad casi vulgar: Gustavo desparrama sus primeras ganancias sobre el cuerpo de su novia en la cama, que arroja los billetes al aire mientras él llora; Gustavo planea su casamiento con la novia entrando con un vestido de encaje negro bordado con piedras de azabache y ébano mientras suena Alive and Kicking; Gustavo divaga con ser padre mientras conduce su descapotable y escucha a Phil Colins en el estéreo; Gustavo lee a Chopra y se enreda en largas charlas sobre el Triángulo de las Bermudas o preguntándose por qué el Vaticano fue decorado por banqueros judíos, y así…

Es un mérito de Morris haber construido un buen artefacto estético con esa materia prima tan mediada, con algunas desprolijidades (la repetición de fórmulas hizo a que un par párrafos se parecieran mucho) y buenos momentos literarios, como la crónica del último día de Cerati antes del ataque que abre el libro, o el cierre, que repite ese día intercalando el trayecto del coágulo desde algún lugar de las arterias de Gustavo hasta su cerebro.

Sin embargo, ese mal gusto existencial de Cerati quizás expresa una realidad más profunda: Gustavo era un producto de la movilidad social ascendente aún posible en la larga agonía de la Argentina peronista: primero su padre y luego él fueron empresarios de sí mismos, empeñados en sobrevivir en una sociedad de mercado a fuerza de trabajo y adaptación. La paradoja aquí fue el choque con los restos de la Argentina patricia reconvertida en la bohemia plebeyista de los ex hippies de Los Redonditos de Ricota o de ese niño bien italiano malcriado en Inglaterra, Luca Prodan. Una suerte de lucha de clases desvirtuada que estalla en los 90s, cuando la movilidad social se cierra para siempre, y que el libro de Morris tiene la sabiduría de recoger.

El sonido de la música

A contrapelo de ese relato de inmadurez, Morris se las arregla para contar otra historia, la de Cerati con el sonido. Cada estación afectiva del biografiado tiene su productividad musical: la discoteca setentosa y progresiva de su adolescencia, luego traicionada por el contacto con la modernidad pop mientras estudiaba publicidad, la incansable búsqueda de un sonido, que, curiosamente, siempre testeaba en mujeres: su madre, sus novias y ex novias.  Es Tashi Chomyszyn la que le sugiere un sonido más oscuro para Soda Stereo y la primera en escuchar, años después, La ciudad de la furia, compuesta sobre arpegios y personajes de la infancia de Cerati. Luego vendrá el quiebre compositivo de Canción Animal, cruzado por el noviazgo casi porno con Paola Antonucci y la amistad, también erótica, de Daniel Melero. El duelo por la enfermedad y muerte de su padre lo hunde en una catarsis sonora que parirá Colores santos y Dynamo. Desde entonces, Cerati se comporta como un arquitecto musical, obsesionado con la construcción de sonidos, como esa noche chilena en que atravesó un temblor sentado bajo el dintel de una puerta, con un casco, sin poder dejar de pegar samples en su laptop. El libro termina con un relato detallado de la gestación de Fuerza natural, el último disco de Cerati, una verdadera operación de deconstrucción sonora de aquella discoteca traicionada de los setentas.

Una vez más, la aventura musical de Cerati tiene un trasfondo social que él quizás nunca advirtió. Hay un debate clásico sobre el rol del arte en una sociedad capitalista: György Lukács sostenía que el arte debe recomponer la totalidad perdida por el Hombre en la alienación capitalista, y proponía a Tolstoi, o La Marsellesa, como modelos; Theodor Adorno respondía que, por el contrario, el arte debía expresar esa alienación, como lo hacían Kafka o la música dodecafónica. La larga crisis de los ochentas lo encontró a Cerati en pleno plan pop de recomponer musicalmente mediante canciones perfectas, tonales, eso que en la sociedad se había roto. A partir de los noventas, la revolución capitalista y su consecuente dislocación social, mereció otra respuesta musical: la purga del aturdimiento sonoro, la fragmentación del sampling, el lenguaje abstracto de la electrónica. Así atravesó Cerati la crisis del 2001, con su disco más disperso, Siempre es hoy, antes de volver al clasicismo pop rock de Allá vamos en 2006, con el mercado interno reconstruido sobre la expansión sojera y la sociedad pacificada por una nueva hegemonía política.

En septiembre de 1858 Richard Wagner le escribía a su amante, Mathilde Wesendonk: “Y es así que la ópera Tristán fue completada. Y, si puedo, volveré con ella a verte, a consolarte, a hacerte feliz”. Un mes después, el músico anotaba los verdaderos motivos en su diario: “Estoy, ahora, volviendo al Tristán; esta obra puede hablar del profundo arte del silencio resonante”. Más allá de los avatares afectivos de un artista, la música es el arte del sonido más que la expresión de una vida. Es un mérito de la biografía de Morris dar cuenta también de ello.

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TALLY HALL – GOOD DAY

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Por Geraldo :: @notevayas

Divertidísimos los Tally Hall. La comparación con los también americanos They Might Be Giants es inevitable, y creo que en ella salen ganando: son cinco en vez de dos, compositivamente no tienen nada que envidiarles y, como si todo ello fuera poco, cantan infinitamente mejor. Les falta, claro, la trayectoria. Contra la infinita discografía de los Gigantes, TH ha publicado solo dos discos en casi 15 años de andar, el que aquí se glosa en 2005 y el siguiente, “Good and evil”, en 2011.

Cualquier cosa puede pasar en estas canciones, cualquier género puede sorprender a la vuelta de un estribillo o una estrofa: hip-hop, country… ¡mambo! En Good Day, que abre el disco, su casi-hit, está todo lo que son: el rock, el pop, las armonías, los timonazos impensados dentro de la misma canción, la veta comediante… Imposible aburrirse con estos pibes.

DE REGRESO A OCTUBRE

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Por Tomas Borovinsky y Martín Rodríguez :: @borovinsky / @Tintalimon

I.

¿Es esta la primera elección gris de la joven democracia argentina? ¿La primera elección con candidatos que disputaron el centro? Vivimos una obvia paradoja: después de tres gobiernos consecutivos que buscaron restituir el lugar de las ideologías políticas (recordemos el simpático “sorry Fukuyama” de CFK) llegamos a tres candidatos ideológicamente casi indistinguibles y capaces de una retórica inusual: autores de frases con las que sólo se puede estar de acuerdo. Massa sobrevivió al napalm de los medios y el gobierno y Scioli y Macri alcanzaron el balotaje en una elección que sorprendió a todos, traicionando una vez más las encuestas y coronando a María Eugenia Vidal en el distrito más importante del país, venciendo al peronismo (dividido), en una elección inédita desde 1983. Si Macri obtiene la presidencia, sería la primera vez que, por el voto popular, una fuerza política ocupa la Nación, la CABA y la PBA (Alfonsín lo hizo con Saguier y Menem con Grosso, pero a dedo). Y lo del PRO resultaría una imagen curiosa: un aluvión inverso, del centro a las periferias, de la capital a la provincia, de la metrópolis a la Nación. Un triunfo colosal de la macrocefalia argentina, diría Ezequiel Martínez Estrada. Por lo pronto, de estos tres candidatos, solo uno tiene comprometido a fuego su futuro. Massa, como diría Stolbizer, ya ganó (preservó contra viento y marea sus votos decisivos) y se impuso como un líder panperonista a nivel nacional. Macri puede perder y se queda con CABA y PBA, nacionalizando y asegurando el futuro de su partido. Scioli es una empresa unilineal: un hombre solo de la política, peronista de pactos, cuyo objetivo es esta consagración o nada. Sigue leyendo

DEMOCRACIA

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Por Bruno Bauer :: @bauerbrun

DE SARMIENTO A IMHOFF

Pumas

Por Lucio Ferreira :: @jluciof 

La complejidad que requiere entender el rugby no parece ser en este momento un impedimento para vivir una vez más una puma manía. Más allá del resultado del domingo, lo que se está viviendo es el goce del triunfo de una actividad deportiva que no es el fútbol. En EEUU hay un viejo dicho que dice que el béisbol es lo que ellos siempre quisieron ser y el fútbol americano es lo que en realidad son. En esta instancia del éxito puma lo que aparece es la fantasía de la Argentina deseada contra el país que somos; el rugby como un deporte exitoso en valores y resultados contra el fútbol y todas sus miserias. Esta es una comparación siempre peligrosa y producto de una tensión social nunca resuelta.

Solo el fútbol y el boxeo son los deportes que parecen tener verdadero anclaje en los sectores populares. La masividad y simpleza en la apreciación del fútbol es indiscutible; el resto de los deportes tienen que competir por el grato segundo puesto en popularidad. El rugby se enorgullece de sus atributos moralizantes: el respeto por el árbitro, la obligación de respetar tu camiseta y la del contrario; servirle una frondosa comida al rival después del juego acompañada de una eterna camaradería entre otras. El espíritu amateur del rugby se sostuvo en la romántica idea de que no todo vale la pena para ganar, ahí está el germen de lo se desea a la hora de admirar el presente de los pumas. El fútbol no es el rugby y el rugby no es el fútbol por un montón de razones positivas y negativas; el rugby no se juega masivamente en lugares en donde la producción de valores es un lujo burgués. Sin embargo eso no deja de ser una excusa para la faltas graves en cierta ética en el futbol; de control estatal en Fútbol Para Todos; las mafias; el vale todo y el mercantilismo de la violencia en la canchas, y su imitación por parte de los plateistas, y muchos ejemplos más. Sigue leyendo

FAAUNA – SAN PEDRO

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Por Rayen Nazareno Castro :: @solicitante_

Psicodelia cosa seria es el nombre del tercer álbum de los Faauna, título que funciona como leit motiv de un conjunto de canciones que, sin renegar de la cumbia digital más directa y eficaz, se aventura al cuelgue con beats oscuros, abriendo su sonido a una paleta de subgéneros como el moombahton o el zouk y otros de dificultoso googleo, ideales para chapear en hostels cargados de europeos ávidos de explorar su destino sudamericano.

“San Pedro”, primer video de Psicodelia…, es una oda al cacto alucinógeno de lírica chispeante y mística dopada a la que se suman las voces espectrales de Sandra Amaya. La árida geografía sanjuanina funciona como escenografía ideal para un trip que, como previene el estribillo, dura hasta el amanecer.

EL ARCA TURCA: TERRORISMO, POPULISMO, KURDOS

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Por Martín Schapiro :: @masanestesia
Las noticias en los diarios argentinos hablaron de casi un centenar de muertos en una manifestación por la paz en la capital turca. Del peor atentado terrorista en la historia del país. De informes que responsabilizan del ataque al Estado Islámico y de la suspensión, por parte de todos los partidos, de la campaña electoral, en vísperas de las elecciones parlamentarias.
Y sin embargo, casi nada apareció en la prensa local, pródiga en entrevistas a personajes como Gloria Álvarez, sobre el marco político que explica, en parte, lo sucedido en Turquía, ni sobre la extrema división social impulsada por su presidente, o sobre el carácter de la manifestación atacada.
Recep Tayyip Erdogan es el primer presidente electo por voto directo de la historia de la República de Turquía. Antes de ello, fue dos veces Primer Ministro, representando al Partido de la Justicia y el Progreso (AKP), una formación islamista “moderada” que accedió por primera vez al poder en 2002, tras una fuerte crisis económica, y con el recelo del ejército y la justicia, tradicionales guardianes del statu quo de la república, laico y nacionalista, según el sentido turco de estos conceptos, es decir, la prohibición de la actividad política de bases étnicas o religiosas.
El sistema político turco se había caracterizado, hasta la llegada del AKP al poder, por la tutela militar de los gobiernos civiles, siempre atentos a sus planteos y prestos a modificar el gobierno u ocupar directamente el poder en caso de insatisfacción, al tiempo que la justicia se encargaba de ilegalizar, cuando lo consideraba oportuno, a partidos de base islamista, de izquierda o kurdos, basada en los mandatos constitucionales de laicidad e integridad nacional del Estado, vigentes desde la fundación de la República en 1923 por Mustafa Kemal Ataturk.
Si la doctrina kemalista permitió sentar las bases de una república moderna y laica sobre los remanentes del imperio otomano, tradicional sede del califato musulmán, con avances rápidos y espectaculares en materia de educación, derechos de las mujeres, desarrollo científico y técnico e integración del país en el mundo, la persecución de las expresiones religiosas y de todas las manifestaciones nacionales distintas a la turca dejarían como legado una tradición autoritaria que, si pudo haber sido necesaria para consolidar la joven república, permanecería como huella indeleble durante todo el siglo XX. Sigue leyendo

FRONDIZI SUPERSTAR

Frondizi superstar

Por Santiago Rodríguez y Fernando Casullo :: @srodriguezrey – @FernandoCasullo

Arturo Frondizi y su criatura desarrollista hoy están “IN”, como escribió Julio Burdman en El Estadista. El “Desarrollismo” se tornó cool, con esa sonoridad porteña cuando la “ll” se confunde con la “y”. Frondizi is so hot right now, como Hansel en Zoolander, es protagonista y debe nombrarse cada vez que un micrófono lo permita. Hasta no hace mucho tiempo, durante los segundos noventas y los primeros dosmil, el boliche de moda era “El Progresismo”, el paladín anti corrupción. En cambio hoy, los principales candidatos, los que según las encuestas que pululan en los medios dicen que sumarán el 90% de los votos, se dicen desarrollistas. El progresismo, por su lado, apenas si lucha por el 5% y parece cerca de retirarse de la pasarela. El desarrollismo ya está aquí, llegó para quedarse y no se va a ir.

Este resurgir frondizista sin embargo no es tan nuevo. En el 2008, cuando se cumplieron 50 años de la llegada de aquel al poder, Diego Valenzuela (intuyendo el paso de antorcha de un ismo a otro) señalaba en La Nación como todas la fuerzas políticas, oficialismo y oposición, venían haciendo hace al menos un lustro su invocación elogiosa “al Presidente intelectual”. Sin embargo, la pluralidad de voces a su favor conllevó una estandarización de su figura que construyó una especie de “Frondizi para todos” funcional a todas las gargantas. Así, terminamos con un Frondizi macrista, uno sciolista y hasta uno progresista… multifruta. Dicha entronización no es nueva y suele presentarse con la llegada de elecciones. Así, conforme una suerte de doble compás izquierda/derecha estatismo/liberalismo, van rotando en el sitial desde Roca hasta Perón, Alvear y Alfonsín. Pues bien, en 2015 es el correntino el que sacó la sortija de la calesita de canonizaciones express. El Presidente dandie, aquel que venía a darle un toque de civilización a la barbarie, se ha vuelto para algunos una suerte de radical moderno, peronista benigno y/o liberal humanizado. El referente para el bolsillo del caballero, la cartera de la dama y el lápiz del ghostwriter. ¿De dónde surgió esta plasticidad? ¿En qué momento se volvió el White Album de los Presidentes argentinos?

Yo desarrollo, Tú desarrollas, Nosotros desarrollamos

En años de neokeynesianismo, commodities pujantes, y diversificación de la matriz productiva, el bueno de Arturo recobró protagonismo por las mismas dicotomías que habían instalado su figura intransigente en su tiempo. Modernización versus atraso, periferias versus centro, industria versus agro, yuyo versus autos: díadas sesentosas que recobraron inusual actualidad en el siglo XXI. El motor de esta segunda juventud del frondizismo parece entonces que no hay que buscarlo en el propio Frondizi sino en cómo éste logró transformarse en una sinécdoque viviente del Desarrollismo, el cuerpo de ideas que mejor cobijó aquellos dilemas. De hecho, tomando al referente la UCRI a secas, vemos que surgió de una agria subdivisión del entonces sexagenario partido radical -cuándo no- y lideró un gobierno caracterizado por fuertes polémicas. Solo basta recordar los planteos militares, el “Pasar el invierno”, la fallida entrevista con el Che, la toma del frigorífico Lisandro de la Torre; una galería repleta de luces y sombras. Hasta su hermano Risieri, a la sazón rector de la UBA, marchó en su contra a propósito del debate sobre el decreto-ley 6403 y todo el conflicto en torno a permitir o no a las universidades privadas emitir título habilitante.   Sigue leyendo

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14, DE JEAN ECHENOZ

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Por Eduardo Minutella :: @EmileSand

I.

Hay una escena de Paths of Glory, el clásico film de Stanley Kubrick, que resume una de las versiones sobre la Primera Guerra imperantes desde la década de 1920. En la película, estrenada en 1957, se muestra cómo la negativa a avanzar hacia una misión suicida por parte de los atemorizados miembros del escuadrón 701 deriva en una impugnación al sentido de la contienda. Esa impugnación, al principio encarnada en la figura del coronel Dax interpretado por Kirk Douglas, va de a poco ganando a todo el batallón. Así, el relato de Kubrick entronca con una larga serie de producciones críticas de la Gran Guerra, junto a obras como Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, o Adiós a todo eso, de Robert Graves, en las que la guerra se presenta, principalmente, como consecuencia inevitable del militarismo: buscada por los altos mandos, apenas soportada por los ciudadanos-soldados. Lejos de aparecer como expresiones aisladas, esas producciones se alineaban con la representación de un supuesto consenso general sobre el carácter forzado o poco entusiasta de la participación de los europeos en el conflicto.

II.

En 14-18, retrouver la Guerre, un libro del año 2000 que todavía no ha sido traducido al español, los historiadores Stéphane Audoin-Rouzeau y Annete Becker se centraron en la crítica a aquella memoria sobre la guerra que juzgan como parcial, culposa y distorsiva, en la que la superabundancia de víctimas contrastaría radicalmente con la ausencia de victimarios. Para los autores, aquellas producciones se encontraban profundamente influidas por el discurso pacifista de posguerra, al punto de reproducir una memoria distorsiva sobre la intensidad del involucramiento de los europeos en el conflicto mundial. En cambio, perciben un compromiso sostenido por los ciudadanos a lo largo de todo el conflicto, incluso cuando la guerra ya les había revelado su rostro más cruento y sanguinario. La tesis de Audoin-Rouzeau y Becker, que generó importantes polémicas entre los historiadores, reactivó el debate sobre las responsabilidades, como pocos años antes había sucedido para el caso de la Alemania nazi con el libro de Daniel Goldhagen Los verdugos voluntarios de Hitler.

III.

Poco antes de morir, el historiador François Furet llamó la atención sobre las dificultades que tenían los jóvenes europeos de finales del siglo XX para entender las causas de la Primera Guerra Mundial. Mientras que a todos les parecían claros los motivos que condujeron a la Segunda Guerra, los orígenes de la conflagración de 1914, en cambio, se revelaban difusos. Esa naturaleza esquiva del primer gran conflicto bélico del siglo pasado también impregnó los relevamientos históricos producidos en las últimas décadas, cuando los historiadores comenzaron a preocuparse principalmente por la reconstrucción de la cultura de guerra. Esa condición evanescente, que posibilitó la difusión de discursos incluso contradictorios sobre la naturaleza de la guerra, es la que da el tono a 14, la última y brevísima novela de Jean Echenoz. Esta nueva producción del escritor francés hace un arte de la economía de recursos. En ella se narra la experiencia de cinco jóvenes del departamento frances de Vendée cuya vida resulta completamente modificada por el conflicto. El autor reconstruye los avatares de la contienda a partir de una suerte de breves viñetas que incluso podrían leerse como episodios independientes. La aparente liviandad del tono que recorre todo el relato refuerza una voluntad de escaparle tanto al catálogo de horrores como al melodrama bélico. Lo oprobioso del conflicto se evidencia entonces a partir de los detalles. No se pone el acento en las “tempestades de acero” narradas por Jünger, sino en la forma en que, en el contexto de la contienda, lo aparentemente secundario, contingente o azaroso termina por impregnar la existencia –acaso demasiado corriente– de los jóvenes protagonistas. La narración no elude las desventuras de los primeros aviadores en el frente, pero resulta más enfática y verosímil cuando muestra, por ejemplo, hasta qué punto la persistente e inexplicable picazón de un miembro ya amputado puede fustigar al protagonista incluso después de la paz definitiva. Sigue leyendo

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LA BASTILLA ARGENTINA

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Por Ezequiel Meler :: @MelerEzequiel

Cualquier historia política del 17 de octubre debe partir de un reconocimiento elemental: el peronismo, tal como surgió y se estructuró a partir de esa histórica jornada, tenía poco o nada que ver con los designios de Perón. Corolario paradójico que ilustra la tragedia de la acción política moderna, fundada al mismo tiempo en el reconocimiento de una esfera de albedrío no determinada por la Providencia, y en el carácter incierto, incognoscible y contingente que tiene cualquier decisión que el hombre tome sobre el mundo que lo rodea. No somos títeres del destino, pero tampoco somos capaces de dominar, o siquiera prever, todas las consecuencias de nuestros actos.

En efecto, Perón no buscaba fundar un movimiento político nuevo, ni mucho menos basarlo en la experiencia de los trabajadores. Para contrapesar ese apoyo, buscó con ahínco el favor de los industriales, de la Bolsa de Comercio, y cortejó con energía a la dirigencia radical. Cuando, una vez caído en desgracia, fue detenido en Martín García, pareció completamente entregado a su destino: las cartas a su “queridísima chinita”, como llamaba entonces a Eva Duarte, nos revelan a un hombre derrotado, que sueña con mudarse al sur, casarse y retirarse de la vida activa. Las jornadas del 17 de octubre lo devuelven a los primeros planos, pero ya en un sitio que es ajeno a cualquier chance de entendimiento nacional, enfrentado con la totalidad de los partidos existentes. Casi podría decirse que Perón pasará el resto de su vida tratando de doblegar la voluntad impersonal de ese monstruo plebeyo que su prédica ha liberado, pero que no es capaz de conjurar. Lo hará desde el gobierno, lo intentará desde el exilio, y fracasará definitivamente en su retorno.

Pero el registro político es quizás el menos significativo de los que pueden acudir en auxilio del historiador cuando se trata de recuperar los horizontes de una ruptura tan trascendente. Las experiencias de los agentes, que condensadas en el tiempo pueden formar una identidad, nos dicen mucho más de las transformaciones de las mentalidades y de los imaginarios. Y en ese sentido, acude en nuestro auxilio el testimonio de Julio Morresi (un histórico militante peronista por quien la historia pasó en todas sus formas, también es uno de los pocos “Padres de Plaza de Mayo” tras las desaparición en 1976 de uno de sus hijos de solo 17 años). Con apenas quince años, Julio Morresi nos dice todo lo que necesitamos saber: que un adolescente nacido en 1930 no conoce el centro, que pese a vivir a menos de treinta cuadras jamás ha ido a la Plaza de Mayo (¿por qué lo haría?, ¿con quién lo haría?). Que nunca había visto tanta gente junta, y que no sabía cómo volver a su casa. Morresi, sin quererlo, nos introduce en una dimensión psicológica que racionaliza en términos de dignidad, hablando ya el lenguaje plebeyo de la Nueva Argentina de la que todos somos, en alguna medida, felices herederos. Su recorrido por la ciudad no es meramente un descubrimiento: es una colonización simbólica, es el acto por el cual un habitante conquista el propio espacio en que vive, y adquiere de ese modo la carta de ciudadanía que lo incorpora de pleno derecho a una comunidad política. Por eso, la narración de ese viaje tiene todo el tono de una aventura, la aventura de tomarse el tranvía equivocado.

Es difícil no percibir en aquellas jornadas de octubre el equivalente criollo de la toma de La Bastilla. Una liberación de las viejas ataduras, de las viejas jerarquías. Una ruptura de las antiguas relaciones de deferencia. Desde entonces, el peronismo ha sido todo lo que se puede ser: ha sido resistencia y ha sido colaboración, ha sido víctima y ha sido victimario, ha sido revolución y reforma de mercado. Pero no ha perdido jamás ese origen plebeyo que se encuentra en el origen de su vigencia, ese origen que, pese a todas las claudicaciones y relatos, lo sigue convirtiendo en un movimiento herético. Tal vez algún día pierda ese componente, pero para ello previamente deberá reconocerse que supo tenerlo, y deberemos, todos, reconocernos en su origen, no ya como peronistas, y sí, al menos, como sus herederos.