CÓMO ESCUCHAR CUMBIA

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por Sebastián Pozzi-Azzaro

Algunos aficionados,  músicos profesionales y oyentes llanos sostienen que la cumbia es de una inferior calidad musical si la comparamos con otros géneros. Esta aseveración configura una situación compleja, porque no hay acuerdo respecto de qué es lo que determina esa calidad. En este artículo intentaremos encontrar modos de responder a este interrogante.

Un primer análisis podría proponer una comparación de recursos técnicos: la confección melódica, la gramática armónica, la instrumentación, la riqueza rítmica, el texto. Pero en seguida se presenta un problema insorteable: no se trata de escalas de valores. No es posible acordar una magnitud que mida dónde hay mejor o más profundo uso de determinados recursos. Sí puede, y hasta cierto punto, computarse una mayor variedad de elementos (por ejemplo, acordes) en una determinada música, respecto de otra. Pero la comparación cuantitativa no arroja luz necesariamente cualitativa, porque sólo nos indicaría que Emerson, Lake & Palmer superan a Scarlatti, o que Violetta arroja una cifra mayor que todo el amplio corpus de blues que se construye sobre sólo tres acordes. El mismo tipo de sinsentidos aflorarían al intentar este método de comprobación por el absurdo con otros parámetros musicales.

Si más no significa mejor, ¿en qué se basaría la impugnación a la cumbia mencionada antes? Pensar en términos de género complica también las cosas en este caso. Un género implicaría para el o los compositores una especie de zona de acción fuera de la cual no se puede permanecer demasiado sin dejar de participar del género (como planetas expulsados de su órbita por alcanzar su velocidad de escape). Es la lógica que sustenta conocidos juicios: “Piazzolla no es tango”, “Soda Stereo no es rock”, “Tal obra contemporánea no es una ópera”. Pero en el caso que tratamos de entender, esta lógica se muerde la cola: el problema no es que la cumbia no sea cumbia, el problema es que la cumbia es cumbia.

Como sucede con la llamada música contemporánea, la música escrita heredera de la llamada clásica, a la cumbia no se le impugna escaparse de las reglas de género. Más bien, es culpable de no ser música. “No se puede escuchar”. Para el no iniciado puede ser hasta exasperante. “¿A esto llaman música?” Surge la imperiosa necesidad de denunciar la estafa.

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Sin embargo, la cumbia no trabaja por fuera de los principios más o menos estables que ordenan la música occidental desde Pitágoras hasta Schönberg. Su lógica rítmica maneja, en general, algunos elementos de la cumbia colombiana y de la música andina (el ritmo de huayno o carnavalito, dactílico para los clásicos, es casi omnipresente), su armonía se cimenta en el modo menor y su relativo mayor, con progresiones que son terreno más o menos común de muchísimos géneros clásicos y populares, sus melodías suelen tener el perfil rítmico de la música bailable o el lirismo de la canción romántica (lo genéricamente melódico), el uso de la voz puede ir desde el canto popular de vibrato intenso hasta el habla desafiante emparentado con la prole del hip-hop.

La cumbia es como cualquier otro género musical, con sus condiciones sine qua non y sus campos de acción. “…como escuchar cumbia” sería una comparación incompleta, un ejercicio comparativo que muestre las similitudes de este género con otros.

Desde Yo tomo de Bersuit Vergarabat hasta Noches vacías de Washington Cucurto, sobran puentes, encuentros, guiños y lazos con la movida tropical, conexiones que no participan del prejuicio que trato de indagar. Esto sin entrar en los artistas que deliberadamente están desarrollando una cumbia nueva y muy interesante, arrimada a veces a otros géneros, como Miss Bolivia, El Chávez, Kumbia Queers o El Remolón.

Detrás de la justificación pretendidamente técnica de sus detractores, muchas veces actuán concepciones previas a la música. El racismo en Argentina, pocas veces planteado con visibilidad suficiente, foguea el rechazo hacia la aparición ese ritmo dáctilo (largo-corto-corto), del mismo modo que se desprecian, se temen, los argots de la villa, el “¡e amigo!”. Alguien repudiaba a algún otro en las redes sociales (sepan disculpar la vaguedad de las fuentes), luego de que sugiriera pegarle un tiro al que lo abordara con ese llamado.

En tiempos de linchamiento público de rateros y sospechosos, Leonardo Medina y Oscar Bonaldi son confundidos con rateros, corridos a tiros, pateados y golpeados con fierros. En un gran diario argentino, un comentarista que responde al llamativo nombre o avatar de Juan Domingo, se expresa: “Jodete, vestite como gente normal, bañate y afeitate y nadie te va a confundir con un pibe chorro. Seguí jodiendo con Pasión tropikal” (sí, con ka).

Desde ese enfoque, poco deben valer los análisis anteriores. De nada debe servir recordar otro género musical escandaloso, amigo de los bajos fondos, construído sobre la jerga del hampa, que hizo bailar a los pobres y terminó conquistando París. El tango fue música de hijos de inmigrantes blancos y banda sonora de un ascenso social que al cumbiero se le sigue adeudando, porque la pasión tropical es el ritmo de los que nunca pudieron subir, los que vienen de los indios, de los gauchos, la barbarie, los cabezas, los morochos, esa incomodidad en la conciencia blanca, porque ni negros de verdad son.

–Negros –dirá el avatar Juan Domingo– acá no hay, pero qué swing tiene este negro –y podrá un vinilo de Satchmo, o de Nat King Cole–. Fijate.

(las ilustraciones fueron extraídas del libro “500 dibujos” de Diego Parés, editó Musaraña, 2013)

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